Lluïsa Cunillé sitúa la acción en Copenhague rompiendo la imagen que tenemos de sociedad acomodada. En un piso de una precariedad absoluta una madre y un hijo viven de la nada, ni del presente ni de los recuerdos ya que ambos divergen en la forma de guardarlos en la memoria. Es una situación tan extraña que puede pasar de todo y te esperarías cualquier cosa, pero utilizando el recurso de las tragedias griegas en las que nos presentan el final desde el principio, al público le permite no esperar nada sino gozar de un texto cargado de silencios y de frases cortas, lentas y significativas que las podríamos situar en el teatro del absurdo en el que Godot nunca llega. […]
Roser Garcia Guasch
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