Esta temporada, el Eixample Teatre recupera en cartelera Bonobos, la celebrada comedia de Laurent Baffie, dramaturgo francés que ya triunfó con Toc Toc y que aquí propone un retrato desvergonzado, lleno de enredos y sorprendentemente tierno sobre el amor y la discapacidad. Una comedia con aires de vodevil alocado, adaptada por Julián Quintanilla y dirigida por Borja Rabanal y Mònica Macfer.

La historia sigue a tres amigos de toda la vida —un ciego, un sordo y un mudo— que, cansados de acumular fracasos sentimentales, deciden que ha llegado el momento de ligar. La estrategia, tan temeraria como entrañable, consiste en seducir a tres vecinas sin que estas descubran qué discapacidad tiene cada uno. Para lograrlo, despliegan todo tipo de artilugios caseros y estrategias improvisadas. La teoría parece sencilla; la práctica, no tanto. En cada cita, los dos que no participan intentan disimular la realidad con maniobras imposibles que desencadenan una sucesión de escenas absurdas, confusiones y un caos perfectamente coreografiado.
Más allá del humor, Bonobos plantea una cuestión que sigue siendo actual: ¿qué lugar ocupan las personas con discapacidad en las dinámicas afectivas y sociales? El texto juega con esta tensión desde una perspectiva lúcida, sin prejuicios ni moralismos, pero con conciencia del peso cultural que todavía tienen los tabúes. La comedia revela la vulnerabilidad de sus protagonistas, pero también su determinación y el derecho de los tres a vivir el deseo con libertad y humor. El título, lejos de ser anecdótico, remite a los bonobos, primates conocidos por haber creado sociedades no violentas en las que la comunicación y el contacto son herramientas de convivencia. El autor utiliza esta referencia para apuntar hacia un mundo en el que la ternura, el sexo y la empatía no generen incomodidad, sino puentes de comprensión.

Ariana Bruguera, Marta Fíguls, Gemma Iglesias, Mireia Òrrit, Jaume Casals, Carles Pulido y Benjamí Conesa protagonizan esta comedia alocada pero con trasfondo social. Una propuesta que convierte el vodevil en una deliciosa excusa para recordar que el amor —con discapacidades o sin ellas— rara vez sigue un guion.
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