En el Teatre Poliorama, nadie puede esconder nada. La cena que se plantea parte de una premisa inquietante: dejar los móviles sobre la mesa y permitir que, durante la velada, todos escuchen las llamadas y lean los mensajes en voz alta. Lo que comienza como un juego aparentemente inocente se convierte pronto en un experimento que dinamita la intimidad, la confianza y las relaciones personales de un grupo de amigos. Este es el punto de partida de Perfectes desconeguts, una coproducción de Bitò, La Brutal y Misògines que interpela al espectador con una pregunta incómoda: ¿yo lo haría?
El espectáculo se basa en la película Perfetti sconosciuti, escrita y dirigida por Paolo Genovese en 2016, considerada el filme con más remakes de la historia del cine, con versiones en 25 países. “Cada adaptación refleja la cultura del lugar donde se hace: la coreana incorpora el paso por el ejército, la islandesa es mucho más violenta y la española de Álex de la Iglesia es deliberadamente grotesca y da la vuelta a los personajes”, señala Llàtzer Garcia, adaptador de la versión catalana a partir de la traducción de Yannick Garcia.
Para la puesta en escena, el director David Selvas ha tomado como principal referente la versión italiana, la más realista: “Hay comedia, pero también hay drama; los personajes construyen una torre de cartas emocional que acaba cayendo”. Aunque reconoce la eficacia del mecanismo tragicómico del texto original, el equipo ha optado por acercarlo a la idiosincrasia catalana actual, incorporando la evolución social de los últimos diez años en cuestiones como la homosexualidad o los roles de género. También se amplía la reflexión sobre la intimidad, poniendo el foco en los derechos de la tercera persona que llama o escribe sin haber consentido formar parte del juego.

El reparto lo integran Marta Bayarri, Biel Duran, Eduard Farelo, Júlia Molins, Albert Prat, Vanessa Segura y Cristian Valencia. “Necesitábamos intérpretes con mucha verdad, con capacidad cómica pero también capaces de descender a zonas muy profundas”, apunta Selvas, que destaca la química del elenco como uno de los pilares del montaje.

La propuesta desarrolla también de forma simbólica el eclipse que Genovese insinuaba en su largometraje. Según el director, este elemento ha abierto nuevas posibilidades en un espacio escénico concebido por Alejandro Andújar que huye del costumbrismo y evoluciona hacia El ángel exterminador (Buñuel, 1962) a medida que los personajes se sienten atrapados: “El eclipse habla de lo que mostramos y de lo que ocultamos, como las dos caras de la luna”. Es en esa distancia entre apariencia y verdad donde Garcia sitúa el núcleo de la obra: “Las máscaras sociales son quizá un mal necesario para sobrevivir entre los demás; todos tenemos secretos pequeños o catastróficos, la cuestión es si podemos asumirlos”. Cuando el juego termina y los móviles regresan a los bolsillos, la respuesta queda ya en manos del público.
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