Mientras veía L’últim àtom me venía al pensamiento el teatro de Javier Daulte, sobre todo el de aquellas obras donde mezclaba ciencia y juego teatral (4D Óptico o La felicidad). De todas formas, Jordi Oriol tiene un estilo ya muy definido y aporta al subgénero toda su obsesión por el lenguaje y la magia de las palabras. Finalmente obtenemos un texto con muchas capas que quizás no acaban de cuajar del todo al final, pero que abren un abanico extraordinario de grandes posibilidades escénicas. Por un lado tenemos la comedia política (y apocalíptica) y por el otro conviven el drama personal del matemático, el thriller sobre la desaparición de la chica y la realización de un musical sobre la tragedia de Edipo. Todas las ramas van juntándose y alejándose según convenga a la trama, hasta llegar a un final inolvidable… y muy divertido, aunque se tire de humor negro.
L’últim àtom nos habla de muchas cosas, pero sobre todo nos centra en el momento actual y nos pone ante el principio de incertidumbre. Y es que en un mundo como el actual nadie está seguro ni puede intuir qué le depararà el futuro, sobre todo si está en manos de incompetentes. A partir de aquí también aparecen los personajes que prefieren no encarar aquello que está por venir, y que afrontan el futuro a ciegas o con una incapacidad total para expresarse. Con todo esto encima de la mesa, las situaciones cómicas no paran de sucederse. Ya desde el mismo comienzo, un aviso sobre un cambio en el reparto alertará a toda la platea… Y es que el juego continuo forma parte de la propuesta, y aquí se juega con todo, incluso con los inconvenientes…
Ante la escena tenemos a cinco magníficos actores: Joan Carreras, Mia Esteve, Carme Milán, Carles Pedragosa y una sorpresa que dejaremos en manos de los espectadores. Todos ellos se libran a la causa con una convicción absoluta, abrazando el absurdo y transformándolo en drama o comedia, según convenga. En definitiva, una pequeña filigrana que exuda un humor inteligente y cargado de contenido.
