GREC 2022

La cara B de la sociedad estadounidense

Ruben Garcia

En 1933 el musicólogo John Lomax viajó a las cárceles del sur de Estados Unidos para recopilar y grabar las canciones que cantaban los reclusos para tratar de preservar los estilos musicales de los antiguos esclavos afroamericanos de la influencia externa y las políticas de segregación racial. Treinta años más tarde, en 1960, el joven folklorista Bruce Jackson viajó a las cárceles de Texas para centrarse en las canciones de trabajo, un tipo de cánticos rítmicos que utilizaban los internos de las granjas cárcel para marcar el ritmo de trabajo durante las jornadas maratonianas en los campos recogiendo algodón o cañas de azúcar, entre otros. El resultado llegó en 1965 con el disco Negro folklore from Texas State prisons, que combinaba 14 canciones con narraciones explicadas por los propios reclusos. Este trabajo se publicó posteriormente en formato libro bajo el título Wake up dead man: hard labor and southern blues.

Cincuenta años más tarde, en 2015, el artista Eric Berryman asistió como público a un espectáculo de una de las compañías influyentes y revolucionarias de Nueva York, The Wooster Group, una formación con 42 años de historia que ha centrado parte de su trayectoria a trabajar con álbumes discográficos como fuente de sus obras. Lo tuvo clarísimo: recuperó de su archivo personal el disco de Jackson y propuso a la formación realizar este espectáculo para homenajear la cultura y la memoria de los convictos negros. Así nació The B-side: Negro folklore from Texas State prisons. A record album interpretation, un espectáculo que resucita las canciones y las historias que cantaban los reclusos de las prisiones que trabajaban forzosamente, por el simple hecho de ser negros, los campos del sur país.

La pieza, dirigida por Kate Valk, recrea este disco, y para ello utiliza las voces de Philip Moore, Jasper McGrunder y del propio Berryman, que suenan a capella, sin artificios y en «campo abierto» como las voces que sonaban en los campos de trabajo, las canciones del disco que van escuchando en directo a través de unos auriculares. El resultado es un espectáculo en el que la voz de los propios actores, cantada y narrada, se fusiona y se combina con las grabaciones originales. Los tres intérpretes canalizan en escena las voces de los reclusos y se convierten en portavoces de una tradición que se remonta a los inicios de la esclavitud y la opresión racista. Canciones de trabajo, blues, pasajes espirituales y sermones nos hablan de las cacerías racistas, de los anhelos de libertad, de vivir una vida propia, de las injusticias de los hombres blancos, del miedo a las torturas o de la vida después de la muerte. El espectáculo, considerado por The New York Times y The Washington Post uno de los mejores del 2017, propone un salto constante del presente al pasado que nos recuerda y humaniza la cara B, la cara menos conocida, de una dura realidad estadounidense que estuvo presente no hace muchos años.

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