Enric Cambray: "El teatro nos modifica, nos hace mejores y nos hace aprender"

Ruben Garcia

Enric Cambray va de aquí para allá. Mucho trabajo. Por suerte. El teatro es para él algo así como una obsesión, sana, añade. En su casa tiene una biblioteca con los estantes llenos de libros. Pero ni novela, ni poesía ni ensayo. Teatro y bastante.

El actor, nacido en el barrio del Clot de Barcelona en 1988, comienza su carrera como actor profesional de pequeño, a los 14 años. Ha pasado por televisión con series como El cor de la ciutat o Com si fos ahir; ha protagonizado grandes obras teatrales como La Senyora Florentina i el seu amor Homer, Sàpiens, El Mètode Grönholm, Les dones sàvies –donde cogió la dirección junto con Ricard Farré –, entre otros. Además, ha dirigido galas de cine de gran renombre como Los Goya y Los Gaudí.

En 2022 también llega bien cargado de nuevos proyectos, entre los que destaca su participación como jurado en el programa de TV3 El llop y el estreno de la obra Hamlet.01, dirigida por Sergi Belbel. La pieza se representará sobre los escenarios del Dau al Sec, del 2 al 13 de marzo. Esta vez, Enric Cambray interpreta a un Hamlet que, sentado sobre un taburete y frente a un micrófono, comenta y analiza desde el humor la tragedia más famosa de Shakespeare.

Ahora, su gran sueño es dirigir un musical de gran formato. Y si tocamos su parte más “friki”, como bien dice él, le encantaría tomar la dirección de la media parte de la Superbowl, junto a su amigo Marc Salicrú, escenógrafo e iluminador con quien colaboró ​​en la dirección de los Goya. Pero paso a paso. Ante todo, comenta, deberían aprender a hablar mejor el inglés.

Teatro Barcelona: ¿Cuándo y cómo empezó tu relación con el teatro?

Enric Cambray: Fue innata, sin saber por qué y sin tener antecedentes en la familia que hubieran estado vinculados al mundo del teatro. Había algo dentro de mí que me llamaba a querer estar actuando todo el día.

Por otro lado, guardo un recuerdo, que supuso un antes y un después de mi relación con el teatro. Cuando tenía cinco años fui a ver la obra Cegada de amor, de La Cubana. Ese día pude entrar a ver a los camerinos portátiles que había detrás de la pantalla. Me impresionó la imagen de los actores corriendo de aquí para allá, cambiándose deprisa, entrando y saliendo de escena. Fue mágico ver cómo de ese caos surgía algo tan perfecto sobre el escenario.

«Había algo dentro de mí que me llamaba a querer estar actuando todo el día»

Después de todo aquello, de pequeño, mi madre me apuntó a clases de teatro musical. Con siete años empecé en la escuela Memory, pero entonces no había clases para niños tan pequeños. Los que iban tenían 13 años, me doblaban la edad. Las opciones eran limitadas y, después de insistir, me acabé convirtiendo en el niño pequeño y repelente que iba a clase con adolescentes.

Esta escuela tenía una compañía propia que realizaba espectáculos infantiles, juveniles y familiares en diferentes espacios de la ciudad. Con 14 años entré e hice mis primeros espectáculos profesionales: dos seguidos en el Jove Tetre Regina y otro en el Romea. En la compañía estuve hasta los 17 años y desde entonces, por suerte, no he parado de trabajar en el mundo del teatro.

Cambray y Nora Navas en ‘Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores’, en el TNC (2014). Imagen: May Zircus/TNC

¿Hay algún personaje que hayas interpretado a quien le tengas un cariño especial?

Más que el personaje en sí mismo, son las experiencias que me permitieron vivir los personajes. Recuerdo, por ejemplo lo que interpreté en el musical de Geronimo Stilton, dirigido por Geronimo Stilton, porque fue la primera vez que trabajaba en un teatro comercial de gran formato. También tengo muy presente la obra de Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, ya que fue la primera vez que actué en la sala grande del Teatre Nacional. Me impactó el momento en que se levantó el telón y me encontré con la sala llena y todo el mundo aplaudiendo. Era como un tsunami que se vendía encima.

¿Qué significa el teatro para ti? ¿Cómo es tu relación con él?

Es una relación de 24/7. Es una obsesión sana. No sólo me gusta hacerlo, sino también consumirlo y pensarlo. Sobre todo pensar lo que debemos hacer para que la gente vaya al teatro.

El teatro es un arte que nos modifica, nos hace mejores y nos hace aprender. Además, es curioso ver cómo, después de tantos años, el teatro pervive y su base sigue siendo la misma: un espectador y un actor. Es mágico, tiene un componente ancestral. Nos cuenta historias y nos permite conocernos mejor a nosotros mismos. Todo es teatro. Incluso ahora, que también trabajo en una productora audiovisual –El Terrat–, donde todos los proyectos que hago (ficciones, programas o galas) siempre parten de la base que me da la convención teatral.

«El teatro nos cuenta historias y nos permite conocernos mejor a nosotros mismos»

Hay una frase que me dijo un día Anna Estrada, directora de teatro y profesora mía en el Institut del Teatre que dice: «Ser actor es como ser monja. Lo eres todo el día». Esto no quiere decir que estés actuando todo el rato, pero el teatro te acompaña a todas partes. Y no se trata de una cuestión mental, sino física, energética, de cuerpo. Cuando pasas por delante de un teatro con la persiana bajada o cuando entras como espectador hay algo en ti que se remueve. El teatro es su casa.

Por otro lado, el teatro también es un lugar muy vulnerable para nosotros, los actores y actrices, porque es un espacio en el que debemos mostrarnos mucho y eso no es fácil. La mayoría de profesiones no se exponen de forma tan física, sino de forma más mental, discursiva o técnica. Esta vulnerabilidad de enseñar el cuerpo, el alma y el sentimiento puro es muy atractiva. El talento pone caliente.

A lo largo de tu trayectoria teatral, has trabajado con todo tipo de géneros. ¿Cuál es lo que más te atrae o te ha supuesto un mayor reto como actor?

La comedia es el género que más me gusta y lo que considero más difícil. Es el género que, seguramente, he hecho más veces y el que más reivindico, puesto que es de los más castigados tanto en la ficción como en el teatro. La gente tiene mucha necesidad de reír. Conseguirlo es muy placentero e investigar para encontrar las teclas que hagan reír al público es un reto muy bestia.

Recuerdo cuando trabajé por primera vez con Sergi Belbel. Íbamos a representar la obra de La senyora Florentina i el seu amor Homer, de Mercè Rodoreda, en la sala grande del TNC. Era una obra que tenía algo de todo, pero el 70% de la prenda era bastante cómica. Al llegar el primer ensayo en público, asistieron unas 400 personas. Fue muy bien, les habíamos hecho reír, pero al terminar, Sergi no estaba muy contento. Entonces, se acercó y nos marcó una partitura. A mí, por ejemplo, me dijo que antes de decir una determinada frase que había en el guión, contara hasta dos. Al día siguiente, seguimos las marcas que nos había dado y automáticamente, todo el mundo soltó una risa estratosférica. Las órdenes de Sergi fueron infalibles.

Cambray con Mercè Sampietro en ‘La señora Florentina y su amor Homer’, TNC (2017). Imagen: David Ruano (TNC)

En la comedia debes ser perfectamente técnico y al mismo tiempo perfectamente puro, clown. Tienes que ser absolutamente libre y no tener la pretensión de ir a hacer reír. Tienes que vivir el texto y marcar una partitura clara para que funcione. Sin embargo, existen muchas formas de hacer comedia y no todo debe ser tan estricto y marcado.

¿Crees que la comedia está suficientemente reconocida en los premios teatrales y cinematográficos?

En los premios siempre se nominan las actuaciones dramáticas y las grandes obras dramáticas, tanto en teatro como en cine, mientras que la comedia queda apartada a un lado.

A lo largo de mi carrera he ido a muchas galas y he dirigido las del Goya y los Gaudí, ¿y sabes qué necesitan para que la gente las vea? Comedia. Las galas siempre están representadas por cómics, siempre hay contenido humorístico, pero a la hora de la verdad, la comedia no se reconoce y se infravalora. Los cómics somos los lindos de la corte, pero a mucha honra.

El 2 de marzo estrenas la obra Hamlet.01, dirigida por Sergi Belbel.

El proyecto nace a partir de una conversación que tuve con él. Ese día le comenté que a mí nunca nadie me daría un Hamlet. Y él me respondió que nunca en la vida se había visto capaz de dirigir a Hamlet, que no había querido enfrentarse porque era una obra que le superaba. Y realmente es así, Hamlet supera a cualquiera.

De ese comentario que le hice, y de su reflexión, escribió un monólogo de Hamlet comentando su propia obra. Sergi, siendo filólogo y autor, pensó que lo que sí podía hacer con Hamlet era volver a leerlo y explicar cómo lo hace a través de la voz del propio protagonista de la obra: Hamlet.

Este Hamlet.01 es, en realidad, un proyecto de cinco años ya, la idea, cada año es hacer un monólogo y que cada uno de ellos sea un acto del texto original. Además, lo hemos querido subtitular como una Stand-Up Tragedy porque, aunque se trata de una tragedia, a la obra le damos el formato propio de la Stand-Up Comedy, con un micrófono, un taburete y un monologuista, que es el protagonista.

Cambray y Belbel en una imagen promocional de ‘Hamlet 0.1’

El gran trabajo ha sido, sobre todo, el estudio y asunción de las 70 páginas que tiene el texto. Es un monólogo muy largo, pero esa es la gracia, Sergi quiere que ésta sea una obra abrumadora. Normalmente, los monólogos son de una hora-hora y diez y éste es bastante más largo. Pero su duración no ha supuesto ningún problema. Hemos hecho previas y la gente se lo pasa realmente bien.

En la obra se encontrará con un actor solo haciendo todos los personajes de Hamlet. Pero lo guapo no es representar todo este abanico de voces, sino la visión que le ha dado Sergi a este Hamlet; como el desgrana palabra a palabra con mucha comedia y mucho amor hacia el teatro. La primera vez que lo leí, lloré, pero de amor. Para mí, esta obra es el testamento dramatúrgico de Sergi Belbel como autor. Creo que cuando él acabe de escribir estas cinco partes, ya habrá vomitado todo lo que quiere decir sobre el teatro y sobre cómo lo ve.

«Hamlet.01 es el testamento dramatúrgico de Sergi Belbel como autor»

En esta obra interpretas a más de un personaje. No es la primera vez lo haces, te hemos visto hacerlo en obras como Les dones sàvies, de Molière. ¿Cómo es este trabajo tener que adoptar más de una voz en una misma obra?

En Les dones sàvies el trabajo de personaje se basaba en el cambio de voz, físico y de vestuario. Pero en este Hamlet es diferente: el cambio de personaje se ve, sobre todo, en el cambio de pensamiento que hago yo como actor cuando me enfrento a cada uno de ellos.

Por ejemplo, en la primera escena del acto, aparecen Francisco, Marcelus, Bernardo y Horacio. Y hago los cuatro en sólo 20 segundos. En Hamlet.01 paso por todos los personajes del primer acto: Laertes, Poloni, Gertrudis, Claudi, Ofelia, Voltimand, Cornelius. Pero, a diferencia de Las mujeres sabias, no hago un cambio de voz o gesto, sino que más bien se trata de una pirueta mental constante.

‘Las mujeres sabias’ con Ricard Farré y Enric Cambray. Imagen: May Zircus

En Las mujeres sabias presentaste una versión actualizada de la obra de Molière. ¿Qué tipos de retos supone versionar un clásico?

Cuando te adentras en este tipo de proyectos debes tener claro querer reivindicar los clásicos, la comedia y acercar de una manera más directa lo que nos quiere explicar el dramaturgo de la época. En ese caso sacamos lo que creemos que ya se había contado más de una vez y fuimos a la esencia del texto. Intentamos realizar una lectura actual. No mostramos nada nuevo, sino que expusimos lo que creíamos que quería decir Molière en su obra: la crítica a la pedantería.

Este año has entrado como jurado en el programa de TV3 El llop, donde actores y actrices no profesionales optan a representar Terra baixa, de Àngel Guimerà. Las críticas han definido el programa como un homenaje al teatro amateur en Cataluña. ¿Crees que a pesar de su fuerte tradición, está suficientemente reivindicado o reconocido?

Entiendo que si se hace un programa así es justamente para valorar a toda la gente de teatro amateur que hay en Cataluña, que es infinita y muy potente. Es precisamente uno de los elementos que hace vivir nuestro teatro profesional.

«El teatro amateur se mueve por la pasión y el amor»

Si algo me ha enseñado El llop es que el teatro amateur se mueve por la pasión y el amor. El profesional también, pero aquí entran en juego otros elementos como el dinero, puesto que es un trabajo y no es fácil vivir de ella. El caso es que el teatro amateur no tiene pretensión de nada y eso se transmite a la población y hace que salimos beneficiados a los que nos dedicamos profesionalmente a este mundo.

No sé si está suficientemente reivindicado o no, pero lo que sí sé es que en este programa queríamos hacer valer esta red de teatro amateur. Y por lo que dicen, creo que se está consiguiendo.

Como jurado de El lobo, ¿qué criterios crees que debe reunir a un buen actor o actriz?

Por un lado, como jurados jugábamos, ya sabíamos qué personajes necesitábamos para hacer el espectáculo. Esto ya nos permitió filtrar los 1500 vídeos que nos hizo llegar a la gente. De todos ellos, terminamos eligiendo a 200 personas. En esa primera elección hubo gente que, desgraciadamente, no tuvo lugar en la obra aunque sus interpretaciones fueran maravillosas. Y la mayoría lo eran.

Àngel Llàcer y Clara Queraltó conformaban con Cambray el jurado del programa

En mi caso, me fijaba sobre todo en una vertiente más técnica. Como actores o actrices amateurs no podía exigirles este tipo de habilidad, ya que no están formados o formadas para tenerlas, pero sí me centraba mucho en la dicción, en cómo proyectaban y cómo conectaban con el cuerpo y emoción.

Luego hay otro aspecto que aparece sin esperarlo: la esencia. Hay gente que tiene un brillo en los ojos y un carisma especial que no ves venir. Piensas que irán por un camino y te acaban llevando por otro. Todo esto es muy subjetivo y por este motivo hay tantas personas que pueden hacer de actor o de actriz.

Has dirigido dos galas de Los Goya (2019 y 2020=. ¿Cómo fue esa experiencia?

Muy exigente y dura. En esta gala tienes que preparar un gran show que va a durar un día y bastante. Te juegas todo en una carta. El riesgo es muy alto y, además, debes hacer entretenida una gala donde se dan 29 premios. Es una burrada.

¿Y sabes lo que dicen que el cine es la fábrica de los sueños y que allí puedes hacer cualquier cosa a lo grande? Pues es verdad. Recuerdo estar en mi casa y pensar que Rosalía tenía que actuar en los Goya. Conseguí hablar con ella y su equipo y les pedí que hicieran una canción exclusiva para Los Goya. Dos semanas después, Rosalia me dijo que quería el corazón del Orfeó Català detrás. Es muy fuerte ver cómo lo que inicié y luchar desde casa se acabó haciendo. Eso mismo ocurrió cuando dirigí los premios Gaudí, donde llevamos a la Rigoberta Bandini.

Rosalia durante la actuación de la Gala de los Goya de 2019 con el Orfeó Català

Es muy gratificante cuando te confían en tu idea y permiten que se pueda hacer realidad. El camino es duro porque cada uno significa la suya, tanto la televisión como la academia, y todo el mundo teme lo que van a decir porque son galas que todo el mundo mira con lupa pero, sin embargo, es una oportunidad muy especial.

Por Laura Galve Barranco /

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