Abián Díaz ha irrumpido con fuerza en el panorama humorístico con un estilo único que ha sabido exprimir con el espectáculo Show Patético, donde música, improvisación, vídeos hilarantes y participación del público se dan la mano en un ejercicio catártico de delirio colectivo. El cómico tinerfeño estrena el 18 de julio en el Teatro Coliseum de Barcelona su nuevo espectáculo, una oda al fracaso que lleva por nombre una metedura de pata lingüística del político Alberto Núñez Feijóo, Anotop At. Pero no esperéis un monólogo de sátira política: Abián Díaz es una auténtica máquina de crear ideas escénicas, y las lanza a la velocidad de la luz. Para este nuevo espectáculo se ha puesto ambicioso y promete efectos especiales, actores, elementos voladores. Acompañado del sello de calidad de la promotora de humor MPC Management, el cómico hace una apuesta que define como «cero rentable» y «una barbaridad». Hemos hablado con Abián Díaz del vértigo de programar un teatro tan grande, de crear comedia desde una isla, y de por qué todavía se siente «en deuda» con el público.

¿Cómo llevas la preparación del nuevo espectáculo?
Es una mezcla de motivación absoluta. A mí me pasa una cosa: no tengo una buena relación con la comedia, la comedia per se no me gusta. Por eso todo lo que hago tiene que ver con entretenerme a mí mismo. Todo me parece aburrido. Por eso, cuando hago el show, cada pocos minutos tengo que romper con lo que está pasando. Si no, sé que cada seis minutos estaría pidiendo perdón. Luego la gente lo interpreta como creatividad, pero para mí es simplemente la manera que he encontrado de sobrevivir encima de un escenario.
Este nuevo espectáculo es un montón de ideas de varios años que siempre habían sido un «esto no se puede hacer». Hasta que un día dije: necesito un momento de perder dinero. Porque este show es cero rentable.
«Todo me parece aburrido»
La productora te decía que no lo hicieras.
Sí, siendo totalmente honesto: el manager me llamó hace un par de días y me dijo que aunque se llene el Coliseum, no sabe si llegará a ser rentable. Pero quiero hacer comedia con ambición. Creo de verdad que puede haber gente que vaya y diga «a mí esto no me gusta», puede ser, pero no van a decir que se han aburrido.

El «fracaso» es un poco tu sello. Ahora le rindes homenaje.
Te juro que lo hablaba hace poco con Berto Romero, y él cree que se lo digo de broma, pero es que de verdad lo digo: para mí, lo mío es una incapacidad para hacer comedia. Necesito que pasen cosas todo el rato para que la gente no se dé cuenta de que no sé hacerlo.
Pero ¿te has planteado alguna vez hacer stand-up puro y duro?
La comedia, entendida como alguien hablando durante hora y media, me aburre. Incluso cuando soy yo quien habla. Cuando empecé, sí que quise hacer stand up. Pero un día fui a actuar y me dijeron que el micrófono se había roto. Tuve que hacer el show gritando, corriendo. Y de repente pensé: estoy mucho más cómodo aquí, en que falle el micrófono y tenga que resolverlo.
«Cuando aparece el caos, siento que es el lugar donde sé moverme.»
Aquel día entendí algo sobre mí. Cuando todo funciona correctamente, me siento mucho más expuesto. En cambio, cuando aparece el caos, siento que es el lugar donde sé moverme. De ahí viene también la oda al fracaso de mi manera de hacer comedia. A mí me da miedo volar, y cuando el avión va bien, todo el mundo va bien y yo tengo miedo; pero creo que si empezara a caer, yo sería quien mejor gestionaría la situación. Es en el caos donde pones tu mejor versión.
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Tú le das mucha caña al teatro, pero también eres muy activo en las redes sociales. Son dos lenguajes muy diferentes.
Me gustaría hacer un show nuevo cada año, aunque a los managers no les haga tanta ilusión —es broma, en MPC me tratan con muchísimo cariño. Es muy importante tener una productora detrás. En las redes, lo que más subo es la parte improvisada, que la gente cree que es todo el show, pero en realidad dura una hora y media y la improvisación son los últimos diez minutos. No disfruto de que la gente sufra, cero.
No disfruto viendo sufrir al público, siempre prefiero ser yo quien hace el ridículo. Cuando alguien sube conmigo no juego contra esa persona: jugamos juntos. Eso para mí cambia completamente la relación con el espectador.
Has entrado con fuerza en la escena humorística, y te hemos visto junto a grandes nombres como Andreu Buenafuente, Berto Romero, Raúl Cimas…
Tengo la suerte de haber podido conocer a mucha gente que admiraba. Andreu Buenafuente era para mí una figura casi mitológica. La primera vez que nos vimos, me dijo el nombre bien a la primera —normalmente la gente lo dice mal. ¡Me conocía él a mí! Con Berto Romero fue todavía más fuerte: me ha dado mucho cariño y me ha dejado un espacio para gastarle bromas. Durante una gira, lo llamaba con el teléfono de nuestra manager [Anna Portomeñe] al terminar el show para felicitarlo y siempre le decía que estaba en la ducha, hasta que me dijo que ya no le hacía gracia. O sea, realmente ya era pesado. Entonces, en la siguiente actuación, cuando fue a su camerino… me estaba duchando yo allí. Literal. Me encanta hacer este tipo de bromas, y Berto me sigue el rollo. No sé si lo sabe, pero me siento muy en deuda con él.

Tú y Clara Ingold venís los dos de islas, ella de Baleares y tú de Canarias. Vuestro humor ha sido también muy disruptivo respecto a otros compañeros de generación. ¿Crees que se crea con una mirada propia, si eres de una isla?
Yo creo que sí. Baleares, Canarias… son sitios donde siempre te encuentras a la misma gente. Tengo una teoría: cuando vives en un lugar donde conoces a tus vecinos y te los cruzas cada día, no puedes saludarlos siempre igual, porque sería violento. Necesitas modificar constantemente lo que haces. Eso te genera la idea de que no puedes contar el mismo chiste siempre de la misma manera.
¿No te planteas mudarte a la Península?
Sé que «debería» vivir allí, pero soy muy feliz en Tenerife. Además, compré con mi herencia la casa donde he vivido siempre; no quiero tener varias propiedades. Creo que mi manera de aportar al problema de la vivienda es esa: yo vivo aquí. Si me va bien, hago menos bolos pero mejores; si me va mal, tengo que hacer más. No necesito ser el centro de nada, necesito que lo que hago tenga calidad.
Has pasado de llenar el Borràs a dar el salto al Coliseum, un templo del humor. ¿Hace diez años te imaginabas donde estás ahora?
Nunca. Alucino con que estemos vivos, con que compartamos tiempo. Sé que hay gente trabajando ocho horas al día en trabajos que no le gustan, y yo puedo dedicar mi tiempo a hacer comedia. Me encantaría hacer un show tan increíble que la gente no pudiera aguantar de risa. Que se muriesen de risa.
¿Y si tu muriéses de risa… qué te gustaría que pusieran en tu epitafio?
Mi nombre mal escrito. O nada. Hay una broma de un argentino cuya lápida decía «no me enteré de nada». Me parece maravilloso.
