Un Lorca con duende
Enfrentarse a la figura de Federico García Lorca en el teatro actual es un arma de doble filo. ¿Cómo sorprender al público con un personaje del que ya creemos saberlo todo? El riesgo de caer en el cliché es alto; sin embargo, el montaje de Pep Tosar esquiva cualquier trampa académica y lo consigue con creces. Porque tal vez no descubres nada nuevo, o sí, pero es cómo te lo relata.
Federico García, en el Teatre Raval, es un viaje biográfico de 90 minutos que desborda dinamismo, sensibilidad y poesía. La genialidad de la propuesta radica en su naturaleza híbrida: durante la representación, la frontera entre el teatro, el documental, el recital poético y el concierto se desdibuja por completo. El espectador navega en una incertidumbre formal, pero con una certeza absoluta: está ante una representación excelsa que rinde un homenaje magnético al poeta granadino.
El montaje marida con maestría diferentes disciplinas —teatro, danza, música en directo y proyecciones visuales— logrando dar una vuelta de tuerca inédita al universo lorquiano. Es un montaje multidisciplinar que capta la atención del público desde el minuto uno.
Entre la gran cantidad de momentos memorables que regala la obra, destacan en mi opinión especialmente tres: el bellísimo y complejo retrato de su amistad con Salvador Dalí, el deslumbrante tema musical que adorna la etapa de García Lorca en Cuba y La Barraca que revive la vertiente más comprometida del poeta.
En definitiva, Tosar rescata al mito y hace vibrar al hombre. Una obra imprescindible para redescubrir a Federico desde la emoción pura.