Decadencia, dependencia y ahogo

Dinamarca

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Dinamarca → Sala Beckett
31/05/2026 - Sala Beckett

Dinamarca sitúa al espectador frente a una escena aparentemente sencilla: una madre y un hijo comparten un piso modesto en Copenhague. Ella es mayor, arrastra el cansancio de una vida que ya no ofrece mucho margen. Él ha vuelto o no ha terminado de marcharse nunca del todo, atrapado en una existencia frágil, con más pasado que futuro. A partir de ese vínculo tenso, incómodo y lleno de zonas oscuras, Lluïsa Cunillé construye una obra seca, precisa e inquietante, que evita cualquier facilidad sentimental.

El punto de partida puede hacer pensar en una historia familiar de difícil convivencia, pero la obra avanza hacia un territorio más ambiguo. Lo que pesa entre estos dos personajes no es sólo la pobreza, la dependencia o la soledad, sino una culpa antigua, una herida que nunca se explica del todo y que, justamente por eso, gana fuerza. Cunillé trabaja muy bien ese espacio de suspense moral. No lo da todo masticado, no convierte a los personajes en víctimas transparentes ni en monstruos evidentes. Les deja hablar, callar, esquivarse y atacarse, y en ese movimiento va apareciendo una forma muy particular de violencia.

El texto establece un claro diálogo con el universo de Hamlet, pero lo hace sin convertirse en una relectura decorativa del clásico. Dinamarca ya no está aquí un reino marcado por la corrupción y el crimen, sino un interior pobre, casi gastado, donde la tragedia ha perdido la apariencia noble y se ha vuelto cotidiana. Esta operación es uno de los aciertos de la obra: trasladar una materia trágica a escala doméstica, sin grandes discursos ni escenas grandilocuentes. Cunillé escribe con frases cortas, con silencios significativos y con un humor oscuro que aparece cuando menos se espera.

La dirección de Albert Arribas acompaña a esta escritura sin querer suavizarla. El montaje no busca hacer a los personajes más amables ni explicarlos psicológicamente hasta agotarlos. Por el contrario, sostiene la incomodidad, respeta los huecos del texto y mantiene una tensión escénica muy controlada. La puesta en escena tiene una calidad casi quirúrgica: cada pausa, movimiento y distancia entre los cuerpos contribuyen a definir la relación entre madre e hijo.

Imma Colomer y Pere Arquillué asumen este duelo con gran precisión. Colomer compone una madre dura, lúcida, vulnerable sólo a trompicones, nunca reducida a una figura tierna o compasiva. Arquillué da al hijo una presencia rota, entre la lucidez y el abandono, entre la necesidad de cariño y un rencor que no sabe dónde colocar. Lo mejor de su trabajo es que ninguno de los dos fuerza la intensidad: dejan que el malestar circule por debajo de las palabras.

La trayectoria de Cunillé, una de las autoras esenciales de la dramaturgia catalana contemporánea, ayuda a entender la singularidad de la propuesta. Su teatro a menudo parte de situaciones reconocibles para llevarlas a espacios extraños, donde la realidad parece ligeramente desplazada. También resuena una manera de hacer vinculada a compañías y proyectos que han defendido un teatro de autor, poco complaciente y atento a las zonas menos visibles de la experiencia humana.

Los elementos técnicos desempeñan un papel determinante. La escenografía dibuja un espacio cerrado, empobrecido, sin mucho aire, que condiciona la forma en que los personajes se miran y se mueven. La iluminación refuerza esta sensación de desgaste, mientras que el espacio sonoro introduce una tensión sutil, como si algo exterior o antiguo presionara constantemente la escena. El vestuario y los objetos completan un mundo sin adornos, coherente con la dureza del texto. Las entradas y salidas y la laxitud de las fronteras escenográficas es interesante y contribuye a la sensación de desencanto y dejadez. Sobra, quizás, la aparición de una técnica como licencia, que permanece presente de forma excesiva y estorba la atención de la escena.

Dinamarca es una obra recomendable para espectadores dispuestos a entrar en un teatro exigente, de atmósfera densa y palabra precisa. No busca emocionar de forma inmediata ni ofrecer respuestas cerradas. Su fuerza es otra: dejar que la tragedia aparezca sin levantar la voz.

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