Se suele decir, hablando de normas básicas de dramaturgia, que no existen los personajes buenos o malos, sino que sólo es cuestión del punto de vista. Trasladado al mundo de la familia, Lázaro García parece querer decirnos que tampoco existen las «ovejas negras», que siempre hay una razón para los comportamientos más hostiles o extraños de alguien para con sus parientes más cercanos. La pols plantea un conflicto tan sencillo como interesantísimo: un joven (fantástico Guillem Motos) que unos pocos minutos más tarde de recibir la noticia de la muerte de su padre, lo olvida completamente y, por tanto, no recuerda decírselo a su hermana. A partir de aquí, la historia desarrolla toda una serie de diálogos y discusiones en […]
Iván F. Mula
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