Hay espectáculos que llegan tarde y, por eso, podemos digerirlos mejor. El Conde de Torrefiel —una de nuestras compañías más internacionales— presenta Guerrilla, que no debería leerse como una simple recuperación de repertorio ni como el aterrizaje tardío en Barcelona de una pieza “mítica”, sino como el regreso de un montaje que supo detectar, con años de antelación, el paisaje de desorientación moral de nuestros días. Ahora que muchas de las intuiciones que atraviesan la obra han dejado de parecer hipótesis para convertirse en cotidianidad, la programación de la pieza en la Fundació Brossa gana espesor como relectura.

Pablo Gisbert i Tanya Beyeler (El Conde de Torrefiel)
Sin ser una novedad —se estrenó en el Kunsten de Bruselas en 2016 y acumula una amplia circulación internacional—, la “première” barcelonesa de Guerrilla tiene algo de desagravio. La obra nos advirtió en su momento sobre una Europa desencajada antes de que muchos de sus miedos se convirtieran en imágenes reales. En el caso de El Conde de Torrefiel, la tensión entre individuo y colectivo, más que un tema, constituye la columna vertebral de su desasosiego creativo. Desde la fundación del proyecto en 2010, Tanya Beyeler y Pablo Gisbert han consolidado una gramática escénica propia basada en la yuxtaposición de texto, cuerpo, imagen y movimiento, con una mirada sincrónica sobre el presente.
Guerrilla se inscribe de lleno en este territorio, pero lo hace con una forma especialmente transparente, casi programática: tres situaciones —una conferencia, una clase de taichí y una sesión de música electrónica— que tienen lugar en un futuro próximo, situado entonces en 2024, que ahora ya es nuestro pasado. La clave, como a menudo en Torrefiel, no es tanto la acción visible como el desajuste entre lo que vemos y lo que leemos. En escena hay cuerpos que bailan, hablan, escuchan; sobre estos cuadros vivos, un texto proyectado expone los pensamientos íntimos, las contradicciones y los deseos de individuos disueltos en la masa.

Presenciamos una operación dramatúrgica que desgarra tanto el individualismo como la épica coral convencional: no encontramos personajes con los que identificarnos, sino una cartografía mental de la multitud. Y esta es una de las grandes aportaciones del grupo: haber retratado a su público —urbano, culto, europeo, hiperconectado y desorientado— entre la materia poética y la lectura crítica. Aquí es donde la metáfora del título deja de sonar bélica: la “guerrilla” no remite solo a una confrontación externa, sino a la búsqueda interna de una forma de supervivencia simbólica en el mundo de hoy.
Más que preguntarnos si Guerrilla “ha envejecido”, la cuestión previa quizás sea otra: ¿qué capas nuevas activa hoy una obra concebida hace diez años? ¿Conserva el poder de mirar la catástrofe bajo la superficie del confort europeo? En el teatro de El Conde de Torrefiel, la forma no decora la idea, la cuestiona. Y es desde esta promesa de disparar preguntas —más que desde cualquier etiqueta de pieza de culto— desde donde debería leerse el oportunísimo rescate que nos ofrece la Brossa.
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