La traviata (1853), de Giuseppe Verdi, cuenta la historia de Violetta Valéry, una cortesana que se enamora de un joven de buena familia, Alfredo Germont. Lo que comienza como una historia de amor inesperada se ve pronto condicionado por las convenciones sociales y familiares de la época, que ponen en cuestión la legitimidad de esa relación. El pasado “pecaminoso” de Violetta y el peso del buen nombre de los Germont desencadenan un conflicto que marcará profundamente el destino de los personajes y los obligará a tomar decisiones dolorosas.
El argumento de la obra es eminentemente melodramático, pero el magnífico retrato psicológico de los personajes —sobre todo el de la protagonista—, junto con la calidad y la variedad de la música, dota al conjunto de una gran verosimilitud dramática. La personalidad de Violetta Valéry es la fuerza motriz de la ópera: pasa de ser una cortesana alegre, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar materialmente de la vida, a una mujer que se enamora de la pureza de sentimientos de un ingenuo Alfredo Germont y que acaba sacrificándose por el bien de la persona amada.
Un estilo belcantista luminoso
Musicalmente, esto se traduce en un estilo belcantista luminoso en la primera parte (acto primero e inicio del segundo): la vitalidad materialista de Violetta se refleja en el celebérrimo brindis inicial (Libiamo ne lieti calici), donde conoce a Alfredo, que le confiesa su amor (Un di felice, eterea). Este hecho la sorprende al descubrir que alguien puede amarla y no solo desearla. Violetta comienza a enamorarse (E strano!, ah, fors’e lui), aunque se resiste a perder la libertad de la que había disfrutado hasta entonces e intenta convencerse de que todo son bagatelas (Sempre libera). Pero, al escuchar la voz de Alfredo fuera de escena, comprende que ella también se ha enamorado.
En el segundo acto, la pareja disfruta de un tiempo de felicidad en las afueras de París (Lunge da lei) hasta que aparece Giorgio Germont en ausencia de su hijo. Pide a Violetta que lo abandone por el bien de la familia (Dite allà giovine) y ella, a su pesar, acaba aceptando el sacrificio. Cuando Alfredo regresa, se despide de él sin revelarle la verdad, en un momento musical inolvidable: Amami, Alfredo. Los cinéfilos recordarán este pasaje por la escena de Pretty Woman, en la que Edward Lewis (Richard Gere) lleva a Vivian Ward (Julia Roberts) a ver La traviata en el Metropolitan de Nueva York, y ella se emociona intensamente con el Amami, Alfredo!. La película, de hecho, funciona como una versión libre de la historia, pero con final feliz. La escena se cierra con el padre comunicando a Alfredo la huida de Violetta (Di provenza il mar, il suol), lo que desencadena su indignación.
Tras el abandono, la ópera entra en un dramatismo creciente que se traduce en un mayor peso orquestal y en un aumento del patetismo de las arias y dúos. Violetta, que regresa a la vida libertina pero marcada por la tristeza del amor perdido, asiste a una fiesta (destacan el célebre coro y la danza española, Noi siamo zingarelle), donde se reencuentra con un Alfredo amargado que le reprocha su marcha en una aria violenta (Ogni suo aver tal femmina), ante la reacción escandalizada de los presentes.
En el último acto, Violetta se encuentra ya sola y enferma en un apartamento de París. La estremecedora Addio del passato se convierte en su despedida de la vida, justo antes de recibir la visita de un Alfredo arrepentido y angustiado, que finalmente ha conocido la verdad por boca de su padre. Violetta muere en sus brazos, bajo la mirada también arrepentida de Giorgio Germont (Prendi, quest’è l’immagine).
Un drama profundamente intimista
Si se exceptúan las escenas festivas, La traviata se configura como un drama profundamente intimista que, sumado a la contemporaneidad de su argumento, marca un punto de inflexión en la trayectoria de Verdi. A partir de esta obra, el compositor se adentra en propuestas más ambiciosas tanto desde el punto de vista dramático como musical. El cambio se hace evidente en el retrato psicológico de la protagonista, que supera el esquematismo romántico de obras anteriores (con la excepción de Rigoletto). Musicalmente, más allá del paso del belcantismo al dramatismo, ya se apuntan algunos elementos de leitmotiv, especialmente en el preludi inicial, que contrapone el motivo de la muerte con el de la alegría festiva del París de Violetta. Por todo ello, muchos consideran La traviata una de las óperas más logradas de Verdi, si no la mejor, sí una de las más sólidas desde el punto de vista dramático y musical, y sin duda la más popular.
La Fundació Òpera a Catalunya presenta este montaje bajo la dirección escénica de Carles Ortiz y la dirección musical de Jordi Torrents, al frente de la Orquestra Simfònica del Vallès, junto al Cor d’Amics de l’Òpera de Sabadell. Vocalmente, la producción destaca por un reparto de gran nivel: Violetta será interpretada por Maria Miró (que este verano regresará al Liceu como Nannetta en Falstaff) y Montse Sedó (premio Òpera Actual 2025 a la artista joven más prometedora); Alfredo, por Antoni Lliteres y Andrés Sánchez-Joglar; y Giorgio Germont, por Àngel Òdena y Luis Cansino. Completan el reparto Tamara Abraão, Laura Obradors, Adrià Mas, Alejandro Chelet, Lluís Vergés, Jordi Serrano-Jové, Oriol Luque y Néstor Corona.
La producción realizará gira por Cataluña: Sabadell, Manresa, Vic, Viladecans, Cornellà, Reus, Lleida, Sant Cugat, Girona, Granollers, Tarragona y Barcelona (Palau de la Música) acogerán esta Traviata que mantiene intacta su capacidad de conmover.
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