ENTREVISTA

Julio Manrique: "Creo que estamos haciendo cosas que merecen la pena"

Cuando hablamos con Julio Manrique se hacen evidentes las ganas que tiene de estrenar El barquer. El director del Lliure vuelve a levantar una pieza del dramaturgo inglés Jez Butterworth, de quien ya estrenó con éxito Jerusalem en el Grec de 2019. Será a partir del 5 de febrero en la Fabià Puigserver.

¿Qué te lleva a montar El barquer?

He ido siguiendo a un autor como Butterworth, de quien también he leído las piezas más pequeñas. Aparte de Jerusalem, su otra superobra es El barquer, que se estrenó ocho años después, en 2017, en el Royal Court y bajo la dirección de Sam Mendes.

Es una pieza, además, multipremiada.

Sí, en Londres y en Broadway, también con la puesta en escena de Mendes. En Irlanda hubo otra versión, que pude ver en Dublín. Constaté entonces que el texto era muy poderoso, aunque aquella no me gustó tanto. Y es que flipé al leerla. Quería hacer algo que me interpelara y me dije: venga, tirémonos a la piscina.

Y lo haces con una obra situada en la época de los Troubles, a inicios de los ochenta, durante el conflicto norirlandés.

La acción transcurre en 1981, en un condado rural de Irlanda del Norte. Fue un año muy caliente, con las huelgas de hambre de los militantes del IRA, que reclamaban ser considerados presos políticos. Llegaron a morir diez miembros; el primero fue Bobby Sands, el más famoso. En este contexto, la pieza presenta a una familia enorme, republicana, católica, que vive en una granja. Hay distintas generaciones, desde personas mayores hasta niños pequeños. La familia está atravesada por el conflicto.

¿Es, por tanto, más coral que Jerusalem, donde sobresalía el personaje de Pere Arquillué?

Allí todo giraba en torno a Johnny Byron, el Gallo, pero también había personajes muy bien escritos. Butterworth tiene esa cosa de la coralidad que tanto me gusta, como ocurre con Chéjov. Aquí también hay figuras más o menos protagonistas, como la de Quinn Carney (Roger Casamajor) y quizá la de su prima, Caitlin Carney (Mima Riera). Pero es una obra con muchos personajes y todos muy bien escritos. Y eso, casi siempre, es la señal de que hay un gran autor detrás.

«Hay celebración, ritual, drama familiar, tragedia… Hay muchas obras en una»

Michael Billington, crítico prestigioso de The Guardian, también le dio cinco estrellas. ¿Suponen estos elogios una mayor presión?

Siempre puedes cagarla o no; para unos lo harás y para otros no. ¿Quién sabe? Pero es mucho más difícil hacer algo bueno con un mal texto que algo que valga la pena con un buen texto. Es una ventaja que venga avalada.

Billington destacaba la mezcla entre el naturalismo estricto y otra esfera más misteriosa.

Butterworth consigue ese milagro. De algún modo te hace pensar incluso en Shakespeare. Hay situaciones muy a ras de suelo y otras que vuelan alto. Empieza como una fiesta y acaba como una tragedia; entre medias están todos los tonos, incluso el de la comedia, a veces negra. Hay celebración, ritual, drama familiar, tragedia… Hay muchas obras en una.

‘El barquer’

Con una pieza de esta envergadura, ¿se ponen deberes previos a los ensayos a los intérpretes?

No lo formularía así. En julio hicimos una lectura para reunir a toda la compañía, que es grande. Fue muy útil porque se reveló que la obra era muy buena y jugosa. Tiene mucha chicha. En la mesa hablamos, nos hacemos preguntas, discutimos, imaginamos… Pero esta vez no podremos hacer tanto trabajo de mesa, porque con tantos personajes se nos echaría el tiempo encima.

Hablemos ahora de tu dirección del Lliure. Esta es tu segunda temporada: ¿se está cumpliendo lo que pensabas antes de llegar?

Va bien. Es un trabajo absorbente y estresante en momentos. Siempre hay algo que resolver o una decisión que tomar. Creo que el teatro va en una buena dirección. La gente está conectando con lo que estamos haciendo como teatro público, y no solo con la programación. Tenemos un buen programa educativo, con nuestro enfoque social y mirada hacia la diversidad, desde un punto de vista artístico y no condescendiente ni paternalista. Creo que estamos haciendo cosas que valen la pena.

Te ha tocado estar al frente de un teatro a punto de cumplir cincuenta años.

Es una efeméride muy redonda. Ya estamos trabajando en ello desde hace un tiempo. Solo puedo adelantar que se celebrará entre septiembre y diciembre de 2026, a lo largo del último trimestre. El Lliure empezó a caminar el 2 de diciembre de 1976 y me pareció bien cerrar la celebración en diciembre.

«Intento ser un espectador abierto»

¿Cómo valoras la respuesta del público?

Estamos en cifras muy buenas de abonados. El año pasado batimos el récord con 3.800. El abono siempre te da una idea de fidelidad y confianza. Y también estamos haciendo nuestro trabajo como teatro público, algo que significa arriesgar, dar oportunidades y salida a los nuevos lenguajes. Lo hacemos huyendo un poco de los ciclos.

Era algo que se cuestionaba con tu llegada: si apostarías por esos nuevos lenguajes.

La gente siempre presupone cosas. Pero más allá de mis gustos o de los materiales que elijo para dirigir, intento ser un espectador abierto. Me gustan piezas que me sorprenden mucho y que quizá no haría nunca, tal vez porque sencillamente no sabría cómo. Lo que sí me interesa es cruzar públicos, como ha pasado con Little Women, de Lucía del Greco, en Gràcia, que ha convocado a gente diferente. Y hacerlo sin necesidad de programarlo dentro de un ciclo.

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Periodista con larga trayectoria en El Periódico de Catalunya

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