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Júlia Bertran: "El teatro es uno de los mejores lugares donde compartir nuestras vulnerabilidades"

7 Octubre 2019
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Por Sem Pons / @semponspuig

Júlia Bertran es periodista cultural, actualmente en Quan arribin els marcians a TV3, pero también es creadora: ha escrito M’estimes i em times, y ahora, después del éxito en el Grec y en la Fira de Tàrrega, llega al Escenari Brossa de la mano e Sixto Paz Produccions con Así bailan las putas. Una propuesta que ha creado con su profesora de twerking, Anchi, para explicar en primera persona las violencias que han sufrido por parte de una sociedad regida por la ley del más fuerte y por el patriarcado. ¡Y lo hacen bailando!

Teatre Barcelona: Así bailan las putas.

Júlia Bertran: Es la forma que tiene el patriarcado de domesticarnos, de controlarnos, de castrarnos, de cohibir nuestro placer. La palabra puta es este insulto que, aunque para nosotros no lo es, cuando se usa de este modo busca cohibir cualquier actitud de la mujer que pueda ser una amenaza para el sistema.

Reapropiarnos del insulto.

¡Pero no es un insulto! Que quede claro. Respetamos al máximo las mujeres que se tienen que dedicar.

Es un título que, como espectador, ya te da un toque para que estés alerta, para que antes de empezar el espectáculo ya te cuestiones cosas.

Es contundente, contiene mucha violencia. La obra contiene muchas violencias, y la vida contiene muchas violencias.

Pero cuando empieza el espectáculo, tú ya avisas que la ley del más fuerte, la que impera fuera, aquí no servirá, y que nos regiremos por la ley del más débil, del más vulnerable.

Es una de las grandes reivindicaciones de la obra. Sabemos que el sistema capitalista y patriarcal se basa en esta ley depredadora que deshumaniza, que nos hace infelices. La ley del más vulnerable es la que nos permite despertar la empatía, la humanidad, el respeto… y regirnos como comunidad. Lo digo y mira, se me pone la piel de gallina. Pero si no nos regimos por la ley de la vulnerabilidad, no entenderemos nunca lo que le pasa a quién tenemos a nuestro lado.

El capitalismo, el patriarcado, tiene una obsesión con la creación del relato, que siempre tiene que ser contundente, fuerte, sólido. Y esto a menudo se ve cuando, una mujer, explica las violencias que ha sufrido, y lo hace a veces desde la confusión, desde la emoción, que a veces hace que el mensaje parezca débil. Y me parece que el espectáculo también bebe de esto, de no buscar tanto el relato, como sí la conexión emocional con el espectador.

Yo creo que sí que tenemos la voluntad de tener un relato sólido, de explicar lo que explicamos desde el rigor. Y hacerlo también gracias a grandes pensadoras como Silvia Federici o Nerea Barjola. Como me gusta decir: es un espacio seguro donde poderse poner en peligro. Es un espacio donde cabe el error, la herida abierta, la duda, las miserias más íntimas. Judith Butler dijo que la vulnerabilidad no es una condición humana a superar, sino a compartir. Es una frase que Anchi y yo hemos destacado mucho durante todo el proceso de creación. Y el teatro es uno de los mejores lugares donde hacer esto, compartir nuestras vulnerabilidades. pones la cabeza, el cuerpo, el corazón. Es una de las pocas ágoras que nos quedan. Pero explicamos nuestras miserias desde la resiliencia, no desde la victimización.

Afortunadamente cada vez son más las propuestas que nos interpelan así, como Aüc de Les Impuxibles, o Rebota, rebota… de Agnès Mateus. Pero en Así bailan las putas, sin dejar de explicar cosas muy íntimas y muy crudas, aprovecháis también para crear comunidad a través del baile.

Esto lo tuvimos claro desde el principio. El twerk es la celebración de nuestros cuerpos. Queríamos denunciar las violencias que sufrimos las mujeres y otras personas, pero desde la supervivencia, desde las ganas de redescubrirnos y de reapropiarnos de nuestro propio placer.

¿Acabas más cansada emocionalmente o físicamente, del espectáculo?

Ostras (duda)… Emocionalmente, emocionalmente. Todo está ligado, la emoción y el cuerpo están intrínsecamente ligadas. Hay una apertura en canal muy bestia. Pero a pesar de que sea un tópico… damos mucho pero recibimos tantísimo. Estoy muy sorprendida, nunca había hecho una cosa así, y la vuelta de la gente es bestial. Cuando te muestras frágil recibes mucho más de la gente.

Vaciarse para volverse a llenar.

Totalmente. Es contagioso. La gente tiene la necesidad imperiosa de sacarse capas y capas, escudos que nos han obligado a tener. Porque si no vas protegido te pueden hacer mucho daño. Pero tenemos la necesidad de desprendernos, y cuando alguien lo hace ante ti de forma tan desacomplejada, te relajas. La gente nos explica sus vivencias, comparte con nosotros. ¡Qué potencia tiene el testimonio en primera persona! Conecta con capas íntimas de las personas, que a veces se dan cuenta en aquel momento del “¡a mí esto también me ha pasado!”. Experiencias como el #MeToo o el #Cuéntalo nos lo demuestran. Cristina Fallarás lo explica muy bien en Ahora contamos nosotras.

Precisamente me fijé que, durante el espectáculo, usáis a menudo la primera persona del plural en femenino. El lenguaje también influye, estamos acostumbrados a un “nosotros” mayestático masculino, y la segunda o la tercera persona para las mujeres: las otras. Y aquí vosotras os ponéis en el centro.

¿Ah sí? No es consciente, tengo que decir. A mí el lenguaje todavía me genera muchas dudas, porque tampoco quiero reforzar el sistema binario. Pero es cierto que queríamos romper con el relato androcéntrico con el que nos han explicado el mundo.

Explicas que uno de los primeros momentos en que la mujer es enjuiciada está en la escuela, cuando ya se reparte el apelativo de “puta de la clase”, que coarta libertades. ¿Ahora puedes reivindicar que ya lo tienes superado, y que ya puedes reapropiarte de tu deseo y decir “sí, lo soy y lo disfruto”?

No sé si puedo decirlo, todavía. La teoría es muy clara, pero la práctica es muy complicada, estamos todavía en deconstrucció y esto implica muchas contradicciones. Nos estamos revisando constantemente. La autolimitación está muy arraigada, y todavía no podemos, no puedo decir que disfrutamos de nuestra sexualidad sin ningún problema. Hemos socializado en una sociedad violenta.

Más allá del pistoletazo de salida de la deconstrucción… ¿cuál es el final, cuando se acaba?

No se acaba nunca. Para nosotros no, quizás para las nuevas generaciones sí. ¿Y mi inicio? No lo sé. Lucia Litmajer habla del “golpe en la cabeza”, cuando te das cuenta de que todo aquello que te ahoga es porque eres una mujer. No recuerdo cuando fue el mío.

¿Quizás tú serás el golpe en la cabeza para algunas de tus espectadoras?

Ojalá. Es la idea. Yo me he planteado mucho lo que decimos en el espectáculo, si tiene sentido que lo haga, tengo muy en mente la responsabilidad que tengo.

El síndrome de la impostora.

(Ríe). Totalmente. Pero es que estamos ocupando un espacio público, un escenario público, y tenemos un altavoz muy potente. Estoy ocupando un espacio importante.

¿Te has sentido juzgada por ser una periodista cultural ocupando un espacio artístico que, a priori, no le correspondía?

No me he sentido nada intrusa, ni enjuiciada. No estoy haciendo de actriz, es teatro documental, y hay muchos ejemplos de personas que no se dedican que circunstancialmente acaban en una obra donde explican sus vivencias. Y te tengo que decir, además, que últimamente es el tipo de teatro que más me interesa, el que más me conmueve, el que tiene más efecto y es más transformador. Y no digo que la ficción no lo haga, pero ahora me llama más la atención el teatro documental.

Yo soy de la teoría que el comunicador cultural suele ser un artista frustrado…

¡Yo totalmente! Si me dedico a esto es porque soy un culo inquieto que no se atrevió a ser artista. Siempre me ha interesado el cine, la danza, la música, siempre he querido ser una estrella del rock y del cine. Tienes que ser muy valiente para atreverte.

¡Por una vez no haces las entrevistas, sino que las concedes!

¡Por fin se me reconoce (ríe)!

¿Y Así bailan las putas es tu inicio, tu golpe en la cabeza, para empezar a dedicarte a lo artístico?

No, no. Vaya, no lo sé. Te tengo que decir que a lo largo de mi vida he hecho muchas cosas, desde sacar un libro a tener un grupo de música. Y a mí esta dispersión me mataba, me flagelaba mucho porque me consideraba una persona incapaz de concentrarme en una sola faceta. Y ahora le he encontrado el sentido. Yo tengo necesidad de comunicarme, de explicar cosas que veo o me pasan, y en cada etapa de mi vida encuentro el vehículo adecuado para mi momento vital, y ahora ha sido este.

¿Y qué tiene, de tu libro M’estimes i em times, este espectáculo?

No habría podido hacer esta obra sin el libro, que fue un aprendizaje vital brutal, imprescindible para poder afrontar todos los temas que tocamos. Pero Así bailan las putas no es la versión teatral del libro, es otra cosa. A pesar de que tiene muchos puntos en común. Comparte muchas luchas, y muchas preguntas, y algunas respuestas. Tiene la voluntad de cuestionarse las casillas estancas y opresoras que nos han explicado que constituyen el mundo. ¡Somos mucho más diversos, cambiantes, ricos que estas casillas constrictoras!

Uno de los sistemas de opresión que rige nuestra sociedad, además del género, es el del origen, el de la racialización. Y vosotros usáis el twerking, una danza que tiene origen en el bounce en Nueva Orleans, y también con seguimiento en la comunidad trans. Pero lo hacéis ante una audiencia que, mayoritariamente, será blanca y cishetero.

Sí. Pero tengo que puntualizar: Anchi es colombiana. Sin ella hubiera estado impensable hacer este espectáculo, su protagonismo es crucial, y no hubiera tenido ningún sentido hacerlo si ella no estuviera. Precisamente queremos subvertir la mirada blanca, también, y no podría hacerlo yo, porque también encarno esta mirada eurocéntrica. Por eso es imprescindible Anchi, para hacer entender que, si las violencias que sufrimos las mujeres blancas están invisibilizadas, ¡las suyas ni te explico!

Y a pesar de que el twerk no nació en Colombia, ella sí que puede reivindicar con fuerza el perreo, y además lo hace explicando muy bien en el espectáculo el origen de estos bailes, lo simbólico de hacerlo en comunidad… lo hemos tratado con mucha cuidado.

Ya lo hablaba con Sílvia Albert hace unos meses… si abres espacios como el Escenari Brossa a miradas no exclusivamente eurocèntriques, te vendrá gente nueva. Y es una forma de resolver el eterno debate de las industrias culturales de la investigación de nuevos públicos. ¡Están aquí y no les hacíamos ni caso!

Claro. Si interpelamos a colectivos a través de temas que, normalmente, no veían en los escenarios, está claro que vendrán, se mostrarán interesados. El ecosistema cultural está impregnado de la mirada blanca, europea, patriarcal.

Pero habéis encontrado un espacio donde poder hacer el espectáculo, a pesar de todo. Y os habéis abierto camino. Es una buena noticia.

Estamos rompiendo barreras. Y hay que decir que es porque hace muchos años que muchas mujeres, y muchas personas, estamos luchando para cambiar las estructuras de poder, para aportar otras miradas a la industria cultural. ¡Hay adelantos, pero porque no paramos de quejarnos! Es una batalla intensa, las cosas no cambian porque sí. Así que queda mucho trabajo para hacer.

Y cuando acabe la temporada, ¿volverás al periodismo cultural?

¡No me he ido nunca! Sí, sí, seguiré con esto, y ya veremos qué nuevas aventures nos depara la vida.

¿Te ha cambiado Así bailan las putas?

¡La gran pregunta!

Mira, te diré que he conocido a Anchi y ha estado profundamente enriquecedor, me ha enseñado muchísimas cosas, no solo desde el twerk, también he aprendido de sus experiencias. Pero lo que más me está conmoviendo, transformando, es la constatación del poder que tiene el colectivo. La comunidad es muy poderosa, cuando compartes heridas. Que la libertad que se respira dentro de la sala sea semilla, que se replique afuera, y que podamos poner la fragilidad en el centro, y la escucha y el respeto. Y entender nuestros propios privilegios, también.

Y reivindicar, como decís, el poder en el coño!

(Ríe). Metafóricamente, entendemos, que yo lo digo como mujer cis! Pero es que el twerking nos enseña que activando la zona pélvica y las caderas haces fuerte una zona que ha sido tradicionalmente muy estigmatizada. Dejas de pensar que tu cuerpo y tu coño es peligroso … y descubres que es poderoso!

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