Hace justo un siglo, en Estados Unidos y en la Europa capitalista se vivían los conocidos como “felices años veinte”, un periodo de bonanza en el que se consolidó la sociedad de consumo, pero también una época en la que la experiencia de la Primera Guerra Mundial había dado lugar a autores literarios que cuestionaron la moral consumista. En este contexto se enmarcan F. Scott Fitzgerald y su novela El gran Gatsby (1925), que retrata el auge y la caída de esa sociedad.

Dando el salto de la literatura a la escena, el coreógrafo catalán Enrique Gasa Valga —afincado en Austria desde hace más de veinte años— ha adaptado el clásico de la literatura norteamericana a un espectáculo que combina danza, teatro y música en directo. “El gran Gatsby es una fiesta y, además, una fiesta musical”, dice Gasa Valga, fascinado por la música de los años veinte y cuarenta, como el jazz, el swing o el blues, muy presentes en el espectáculo. “La música es muy importante para recrear la atmósfera de la historia”; de ahí el trabajo con la cantante Greta Marcolongo y el director Roberto Tubaro, colaboradores habituales del coreógrafo, que en este caso han trabajado con músicos especializados.
La compañía que el barcelonés fundó en Innsbruck cuenta con bailarines y bailarinas de técnica clásica, pero en el espectáculo exhiben su versatilidad al transitar por el moderno, el jazz, el tap o el claqué. “No me gusta etiquetar los espectáculos según si son de clásico o moderno, etc.; me gusta jugar con el hecho de bailar. De hecho, es un espectáculo muy exigente para los bailarines, porque están bailando todo el tiempo, y el público recibe esa energía”, explica Gasa Valga, que ha querido llevar a escena todo el imaginario de la fiesta y los excesos de las élites de la época.

Es inevitable buscar la comparación entre los años veinte del siglo pasado y los actuales: “Todavía tenemos todas las deficiencias de la novela, sobre todo la mentira y el valor por las cosas materiales”; por eso, “lo más bonito de El gran Gatsby es que puede parecer todo muy divertido, pero de repente se desencadena una tragedia”, avanza el coreógrafo, que ha querido mantenerse fiel a la novela. “Pienso que no tiene sentido reinterpretar un clásico; no me atrevería. Prefiero contar la historia de la mejor manera, pero a través de la danza y la música.”
Gasa Valga, nacido en Barcelona, se siente “muy feliz de traer espectáculos a casa”, pero también muy consciente de la suerte de haber trabajado en países donde la danza está mucho más reconocida. “Me cuesta mucho creer cómo puede ser que en Innsbruck, que es una ciudad como Terrassa, se puedan hacer más cosas de danza que en una ciudad como Barcelona. Es escandaloso.” También reivindica el talento en Cataluña pese a la precariedad, y la responsabilidad de los creadores a la hora de ofrecer obras de calidad: “No nos podemos permitir hacer espectáculos que no gusten. Tenemos que conseguir que el público repita”.
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