He aquí al auténtico hombre-objeto, centro de nuestras miradas. ¿El artista está como una cabra? Pues no: es una lámpara, literalmente, que ilumina lo que vemos y nos invita a mirar. Nuestro equilibrio más íntimo depende de lo que ejecuta el equilibrista en escena. No es poca cosa. Tal vez sean Coses petites, pero son las nuestras y de ellas dependen nuestra salud mental y el futuro del planeta.

En este conjunto de cosas diminutas y laterales podemos reconocer una exploración deliberadamente demente (surreal) de la mente y el cuerpo en escena. Para llegar al fondo de las cosas, la cabeza del espectador se llena de todo aquello que se erige en el espacio vacío teatral. La compañía catalana Psirc juega con la homofonía del término «circo» con la P bien grande de «psique», y vuelve mentales y divertidos los desarrollos más artesanales del cuerpo. El circo tiene estas cosas.
El circo siempre ha sido una caja de magia cercana, que cobra vida en la extrañeza de los objetos. El intérprete es uno más y ejerce de varita mágica cuando da vida al resto, llave de paso de la ilusión. En Coses petites, la pantalla actúa como maestra de ceremonias. Estamos en un teatro de títeres que nos habla del mundo a través del gesto. Ponemos el dedo en la llaga. Con la obra reflexionamos sobre la identidad, sobre la crisis ambiental y sobre nuestra obsolescencia programada si no actuamos.
La compañía Psirc practica un circo contemporáneo y personal, una animalada de emociones nacidas de pequeñas cosas que invitan a pensar. El oficio es imprescindible para una inmersión que reniega de cualquier virtuosismo que no tenga antes un fin, una intención precisa. Las habilidades están ahí para decir, para significar, para recorrerlas como recursos y fuente de inspiración. Están para crear sentido. La psique dota de dramaturgia aquello que el cuerpo sabe hacer tan bien. Por eso Psirc se alimenta de todo tipo de herramientas, tomadas de otras artes. La compañía da vida al multiverso de un discurso transversal, pluridisciplinar y holístico, tan diverso —refugio de diferencias— como lo era el circo tradicional que reunía razas, especies y saberes.

Así crean los miembros de Psirc. En Després de tot juegan con la estructura del género literario de las sagas. En El meu nom és Hor nos adentran en la cueva platónica con humor, acrobacias y juegos de luces y sombras para articular un teatro de títeres en el que reconocemos nuestro propio drama. En Acrometría toCoses petites, un solo intérprete, Adrià Montaña, crea una montaña de circo que combina objetos, equilibrios, luz, palabra y clown. En Psirc son divertidos porque no quieren ser pedantes. Y solo son pedestres por el bien que pedalean: van paso a paso y avanzan de los pies a la cabeza.
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