ÓPERA

'Adriana Lecouvreur', una auténtica joya revista

La pieza operística hará temporada en el Gran Teatre del Liceu del 16 al 29 de junio

Jordi Vilaró Berdusan

Francisco Cilea, pese a no ser un músico extremadamente popular (sólo compuso dos óperas de éxito: La arlesiana y Adriana Lecouvreur), es uno de los compositores más interesantes del cambio de siglo, no sólo por la música y la orquestación de calidad de su obra, sino porque en Adriana Lecouvreur (1902) -su mejor ópera con diferencia- demuestra también un brillante sentido de la teatralidad.

A partir de una narración de Eugène Scribe, esta ópera nos narra la historia verídica de una célebre actriz de la Comédie Française que en 1730 murió en extrañas circunstancias. El motivo más verosímil de la muerte es lo que Scribe, teatralmente, y Cilea, operísticamente, se encargaron de dramatizar: un asunto de celos. Brevemente: Adriana Lecouvreur se enamora de un noble que aspira al trono de Polonia, el conde Maurizio de Sajonia, quien estaba recibiendo el importante apoyo político de la Princesa de Bouillon, una persona influyente en la corte francesa y que también está enamorada de Maurizio, si bien éste no le corresponde en tanto que él sólo ama a Adriana. Es a partir del crescendo dramático formado por este triángulo amoroso -Adriana, la princesa y el conde- que el conflicto tomará un grosor notable y acabará conduciendo a un trágico final.

Verismo y drama

Del todo insertada dentro de la corriente del verismo (concepto que, recordémoslo, remite al estilo realista teatral, pero aplicado a la ópera), Adriana Lecouvreur es una obra que tiene momentos de una intensidad orquestal superlativa y que proyecta una música trágica y lírica a la vez en la que -a pesar de las diversas muestras de canto spianato propio del verismo- también se puede encontrar una belleza y un cuidado en el canto que denota un cierto deje belcantista. En la pieza quizás no encontraremos un gran trabajo armónico o rítmico, pero es absolutamente indiscutible su perfecta conjunción entre música y drama. Aunque no es una de las óperas más populares del repertorio, cuando se representa suele ser un gran evento, tanto por las posibilidades escénicas que ofrece -teatro dentro del teatro- como por el reto dramático y musical que presenta para los intérpretes.

La ópera es rebosante de momentos musicales extraordinarios, como la delicada aria inicial de Adriana, Io son l’umile ancella, momento en que la actriz hace un sentido y fenomenal alegado del arte de la interpretación; las dos bellísimas arias La dolcíssima effige y L’anima ho stanca -nada extraño de encontrarlas formando parte del repertorio de muchos tenores a la hora de hacer recitales- o la gran y pasional aria de la Princesa de Bouillon, Acerba voluta. Pero si hay un momento climático en la obra, éste es el monólogo de Fedra (vídeo), momento en el que, en un ejercicio de teatro dentro del teatro, Adriana recitará, ante los príncipes de Bouillon y otros nobles, unos versos del célebre personaje de la tragedia de Jean Racine por medio de los cuales acusará públicamente a la princesa de pérfida e infiel; es a partir de ahí que los hechos se precipitarán hacia el trágico final.

Y si la representación de esta ópera, como he dicho antes, suele ser un gran evento, el montaje que nos ofrece el Liceu no se queda corto: una gran coproducción entre varios teatros líricos de todo el mundo (Gran Teatre del Liceu, Royal Opera House de Londres, Opera de París, Wiener Staatsoper y San Francisco Opera) para presentar una suntuosa escenografía de la mano del siempre solvente, metódico y exquisito David McVicar y una dirección musical a cargo de una de las batutas habituales del Metropolitan de Nueva York como es Patrick Summers.

En cuanto al apartado vocal, pese a una cierta decepción inicial por la baja de Jonas Kaufmann, su sustituto no reduce en absoluto la calidad del tenor protagonista: Roberto Alagna será Maurizio de Saxonia y la brillantísima y dramática Sonya Yoncheva, Adriana Lecouvreur. El rol de la Princesa de Bouillon tendrá dos mezzosopranos de primera: Clémentine Margaine y Daniella Barcellona; por otro lado, el bajo-barítono Ambrogio Maestri, al que ya vimos la pasada temporada en Il tabarro, de Giacomo Puccini, se pondrá en la piel del entrañable Michonnet, el director de escena de la compañía teatral de Adriana Lecouvreur.

En definitiva, un gran repertorio y un lujo de producción para lo que sin duda es el montaje estrella de la temporada en el Liceu: ¡hay que no perdérselo!

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Jordi Vilaró Berdusan
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