Hacer aquello que se espera, realizar tareas que nadie más quiere por un sentido del honor o la responsabilidad, puede desesperar. Perder años de vida en un lugar donde no se hubiera querido estar nunca pero donde las circunstancias han relegado provoca un conformismo con reproches, dolor y exasperación. Todos estos sentimientos no se pueden reprimir por mucho tiempo, en algún momento tienen que salir la rabia y el dolor, aunque sea por unos momentos.
Nelson Valente dirige esta nueva aproximación al tío Vania de Simon Sephens, que parte del original de Anton Txékhov, pero donde el autor crea una producción con un solo intérprete dando vida a los diferentes personajes en los momentos clave de la obra. Un texto original con un reparto extenso se convierte en un monólogo entrelazando los diálogos de cada parte con toda la dificultad que eso puede comportar.
Joel Joan se pone en la piel de estos personajes de una manera brillante, es hipnotizador como consigue hacer el cambio entre cada uno/a con naturalidad y creando un lenguaje gestual que ayuda al público a saber quién tiene la palabra en el caso de tropezarse con este texto complejo. Estos dos elementos, su facilidad para intercambiar las interpretaciones sumado a pequeños detalles que va dejando entrever, van construyendo un relato interesante, estimulante y nada recargado.
Aunque la trama que se explica es potente, es necesario puntualizar que otras representaciones anteriores han padecido exceso de lentitud a la hora de explicar qué pasa en esta familia, y en esta versión esto, afortunadamente, queda atrás. Valente crea una escenografía sencilla que ayuda a Joan a utilizar diferentes elementos para transmitir al público el rechazo, la rabia y el odio acumulado de Vania, al mismo tiempo que se puede ver la inocencia de Sonia, el egocentrismo de Alexandre o el desea entre Miquel y Helena.
Espléndida versión que solo cae en alguna trampa cuando quiere acercar el texto a referencias actuales, que despista a la espectadora en el momento de abrir una puerta al humor, pero que no se ve afectado en su totalidad. Un ejemplo magnífico de virtuosidad teatral que hace admirar la capacidad interpretativa y de reinterpretar clásicos literarios.
