Coger un texto clásico, con varios personajes, y adaptarlo para un solo actor es un experimento que se ha hecho en otras ocasiones. Hemos visto varias versiones de Hamlet, e incluso muchos recordarán todavía aquella Terra Baixa que interpretó Lluis Homar ya hace unos 12 años. Ahora le toca el turno a Chéjov, con la particularidad que el autor ruso escribía obras muy corales, con gran profusión de personajes, escenas con mucha gente y diálogos bastante realistas. Por lo tanto, tenemos una dificultad añadida y un reto que parece más una pirueta escénica que una aportación extra a la historia del Tío Vania.
No hay ningún tipo de duda que este tipo de extravagancias suponen un desafío gigantesco para el actor o la actriz que las interpreta. No negaré que Joel Joan hace uno de los trabajos más complejos y relevantes de su carrera, pero cuando pienso en el sentido del conjunto no le acabo de ver el intríngulis… más allá del “más difícil todavía”. ¿Qué aporta a la obra este ejercicio de fregolismo actoral? ¿Cambia la perspectiva de los personajes o de lo que se está explicando? ¿Descubrimos una visión diferente de la historia? Se hace difícil contestar a todas las preguntas, pero en general mi respuesta entronca más con el escepticismo que con alguna afirmación rotunda y absoluta.
El principal mérito del autor, Simon Stephens, es haber condensado el texto original en una hora y media y conseguir que todo se entienda, ligue y responda al Vània que todos conocemos. También simplifica personajes, elige las escenas más relevantes y crea un vehículo ideal para un actor que se quiera lucir. Y en este sentido, Joel Joan consigue momentos muy buenos y aproximaciones bastante cuidadosas. Quizás no todos los personajes están igual de conseguidos, pero el conjunto es más que notable. En este sentido, la dirección de Nelson Valente, o la escenografía de Albert Pascual, ayudan a hacer un todo bastante chejoviano… aunque hayan cambiado pequeños detalles y la historia se haya adaptado a circunstancias más contemporáneas.
