El Alzheimer es un tema que se ha tratado mucho en los últimos años, ya sea en literatura, cine… y también en teatro. La enfermedad que va borrando los recuerdos y va vaciando a la persona de su identidad tiene un aire poético –también trágico y terrible- que puede dar mucho de sí en una ficción. Lo hemos visto normalmente como drama, pero en muchos casos se ha intentado dar unas cuántas pinceladas de comedia a un asunto tan triste como este. El caso de Una festa a Roma se encasilla en esta vertiente, puesto que a través de una madre y un hijo que tienen que luchar contra la enfermedad nos adentramos dentro de una comedia romántica que tiene como escenario una residencia para personas mayores.
El texto de Marc Artigau juega hábilmente con el tiempo dramático y ya desde el principio de la obra nos pone en un contexto no del todo realista. Es gracias a esto, y a su aire de cuento o de pequeña fábula, que podemos entrar en la historia y dar por buenos algunos elementos que de otra manera nos habrían parecido inverosímiles. Las características de la residencia, los peculiares personajes que la habitan, las coincidencias o las casualidades que se van dando son más fruto de un género concreto que de una historia real. Podemos decir que todo va a favor de una trama que quiere tocarnos el corazón, pero dejarnos a la vez un buen sabor de boca… Quiere mostrarnos el drama pero tampoco nos quiere amargar la tarde.
La dirección de Clara Segura es juguetona y práctica. La utilización de recursos muy teatrales y muy básicos recuerda, en ocasiones, a su debut en La trena… a pesar de que a medida que avanza la pieza va cogiendo un estilo más personal. Es cierto que el tema de las proyecciones y de la escenografía móvil no están bien resueltos, o bien no lucen como haría falta, pero en general estamos ante un trabajo hábil que nos permite ver la obra con interés y disfrutar, sobre todo, de unas grandes interpretaciones. Lluis Marco, Oriol Vila y Isabel Rocatti hacen trabajos realmente meritorios y destacados, pero el faro de la función es el gran trabajo de una excelente Marta Angelat. Su Romina está construida con una ternura, una fragilidad y una vulnerabilidad que son merecedoras de todos los premios de la temporada.
