Cuando el dolor se apodera del corazón y la mente puede provocar acciones desesperadas, ideas que van más allá de aquello estrictamente lógico y la desesperación puede llegar a plantear unas resoluciones fuera de lo común. Es aquel sufrimiento que se engancha en el estómago, que por mucho que se intente no acaba de aflojar ni un poco, al contrario, continúa creciendo y sofocando, asfixiando.
En este monólogo, Pablo Capuz se convierte en Félix un chico que ha decidido ir al Palacio de Auto-Purificación, un tempo custodiado por el ángel Asaliah, quien promete a los creyentes que entreguen todo su dolor una muerte inmediata y extraordinaria, y la ascensión correspondiente. Durante este proceso tienen que entregar las cinco cargas que le pesan y hacerlo con sinceridad. Pero realizar este proceso será mucho más difícil y duro de lo que se pensaba. Afrontar las verdaderas razones de su presencia en el palacio será un camino doloroso y lleno de autorestricciones.
El texto, del propio Capuz, es una pieza muy elaborada, con un inicio un poco controvertido y un punto confuso, porqué la espectadora no tiene muy claro qué está viendo, porqué el protagonista se encuentra en esta situación, pero a los 10 o 15 minutos la historia empieza a mostrar sus arestas, aquello que realmente quiere mostrar y explicar, y una vez se entra en el relato el público queda inducido a una narración pasional, dolorosa e hipnótica. Un texto complejo, entregado de manera increíble por Capuz (¡qué dicción!), que combina movimientos escénicos muy intrincados con una verbalización exhaustiva y llena de significado.
La historia mostrada en el escenario puede interpelar más o menos a la espectadora, según cuál sea su disposición, pero es Capuz quién atrapa y secuestra la voluntad del público durante un poco más de una hora. Su desgaste físico y emocional permite llegar a reconocer el dolor, la desesperación y la culpa del protagonista. La manera cómo se entrega y consigue ir esbozando el relato poco a poco, sin avanzarse demasiado, pero dando pistas para ir construyendo el porqué de todo, engancha.
Àgata Casanovas consigue crear tensión, soledad y tristeza con una dirección que busca que la espectadora entre al relato con todos los sentidos: música con un significado potente, movimiento en el escenario que provoca, y una fuerza descomunal por parte de Capuz.
Sin duda un espectáculo original hecho para dejarse llevar dentro de una historia diferente, emotiva e intensa.
