La autoestima y el egocentrismo son dos motores que marcan la vida de algunas personas. Tener apreciación por la misma persona es importante, pero el límite se establece cuando esta hace del mundo su yo personal. Esta decisión tiene consecuencias para la persona, pero sobre todo para todas aquellas otras que transitan a su alrededor y las cuales salen perjudicadas por sus imposiciones.
Mia Parcerisa dirige y adapta la famosa obra de Oscar Wilde que explica cómo Salomé, princesa, virgen y deseada por todo el mundo, se convierte por culpa de la pasión y la vanidad en la culpable de la muerte de Iokanaan (Juan Baptista, según la tradición bíblica). El texto es un cúmulo de pasión, histérica, extravagancia y vida, como no puede ser de otra manera en Wilde. Y en esta producción, este relato se transforma también en todo eso a nivel visual y escenográfico.
Con pocos elementos en escena, solo con los cuerpos de los y las intérpretes y sus vestimentas se va construyendo un relato que lleva a los límites emocionales. La pasión, la diversión y la seducción, se transforma en rabia, odio y venganza con rapidez. Una escalada a la locura humana que interpretan con una entrega increíble las actrices y actores de la compañía. Cada uno/a desarrolla su paple con la intensidad con la que demandan sus personajes. Un ejemplo claro es Júlia Genís que, como Salomé, se transforma a medida que va avanzando la narración, y de la bondad y el amor se descubre en medio de los celos, la rabia y la venganza, para acabar en una tristeza profunda que la desgarrar de arriba abajo. Unos sentimientos que se van adquiriendo en su rostro, su movimiento encima del escenario y sus palabras cada vez más envenenadas. Por su lado, Pau Oliver como Herodes también sufre un cambio sustancian cuando sucumbe al deseo y queda destrozado por las consecuencias. Unos matices que quedan reflejados en todos los y las intérpretes poco a poco, construyendo un relato potente y extravagante que remueve al público.
Una propuesta muy interesante y potente que a veces se pasa un poco con la intensidad encima del escenario. La espectadora puede quedar saturada en momentos de reiteración de algún tramo que, aunque necesario para estructurar el relato, quizás es demasiado repetitivo y bloquea al patio de butacas.
Esta es una oportunidad perfecta para ver el trabajo de la compañía La Cremosa, un grupo teatral que apuesta por textos complejos llenos de matices donde se pueden explorar las emociones y vilezas humanas con total apertura de cara al público.
