Conocimos la compañía La Cremosa con una obra que ya era toda una declaración de principios: Purificats, una pieza extrema y maldita de Sarah Kane. Ahora parecía que habían cambiado de dirección o de fórmula escénica, puesto que habían elegido un texto clásico (igualmente extremo y atrevido) de Òscar Wilde, pero el resultado final es una especie de continuación de su primer ejercicio teatral. Y es que La Cremosa no ha abandonado en absoluto el riesgo, el gusto por el atrevimiento formal y la investigación de nuevas técnicas que ayuden a hablar del deseo, de la obsesión, del erotismo desde un punto de vista aséptico y casi entomológico.
Salomé ya tuvo en nuestras carteleras el rostro de Margarida Xirgu, Nuria Espert y, no hace demasiado tiempo, de Belén Rueda en una discutible versión que rehuía el texto de Wilde y optaba por una mezcla más contemporánea. El mérito de Mia Parcerisa (directora y adaptadora) es que respeta las palabras del autor irlandés pero sometiéndolas a un estilo particular y bastante definido. Y aquí es donde vemos que las opciones escénicas más arriesgadas y brutales encajan bien y no desentonan con el texto original. Incluso la matizada gestualidad o el tono de letanía impostada resultan casi naturales y coherentes dentro de la propuesta.
Sé que el estilo de La Cremosa quizás no es para todos los públicos, pero se tiene que reconocer que detrás de su imagen extrema hay una propuesta seria, un estudio muy minucioso de los recursos teatrales y unos actores solventes y muy bien dirigidos. Creo que la Salomé de Júlia Genís o el Herodes de Pau Oliver son de primer nivel, con una fuerza y una potencia que ya querrían otras muchas producciones. Aparte, el aparato estilístico que lo rodea todo consigue imágenes que te atrapan como espectador y que cuesta olvidar, incluso días después de haber visto el espectáculo.
