De todos los espectáculos que Peeping Tom ha estrenado en Barcelona, este quizás es uno de los más opacos y difíciles de comprender. Chroniques despierta muchas preguntas al público ya desde el principio. Y es que el escenario nos muestra un espacio que no sabemos si es el principio de algo o la ruina de algún paisaje anterior. En él encontramos cinco hombres que parecen haber llegado sin elegirlo… Una especie de purgatorio, quizás. O un agujero temporal en el que cabe todo, y a la vez parece que no puede albergar ninguna forma de vida. Si leemos el programa de mano veremos que la directora (Gabriela Carrizo) nos quiere hablar de la inmortalidad, pasando por la criba de Jorge Luis Borges y otros referentes culturales. Una inmortalidad que parece más bien un punto suspendido en el espacio, un punto en el que todo se hace y se deshace, como si la única solución fuera volver a empezar una y otra vez… Una manera de ver la historia de la humanidad y su secuenciación inevitable e incomprensible de errores ya cometidos.
En la parte más puramente formal, Chroniques vuelve a ser una avalancha de ideas visuales potentes y estéticamente bellísimas. Las rocas, los telones pintados, la idea de una caverna atávica y atemporal… Todo nos transporta a un espacio donde aparecen monjes orientales, robots, luchadores e incluso un astronauta. La iluminación es de nuevo un elemento importantísimo, consiguiendo dar al conjunto una sensación hipnótica y onírica. Quizás se abusa demasiado del tenebrismo, que en ocasiones impide ver con claridad algunas escenas, pero no podemos dejar de decir que el trabajo es realmente admirable.
La parte coreográfica, como no podía ser de otra manera, nos devuelve los movimientos sincopados y anatómicamente imposibles que han hecho tan famosa a la compañía. Unos movimientos que concentran todas las posibilidades de la danza contemporánea, para llegar finalmente al público triplicando las revoluciones y la velocidad. Los cinco bailarines ejecutan la pieza con una precisión absoluta y también con un humor inesperado que Carrizo juega con gusto y cierto distanciamiento.
En definitiva, otro espectáculo impresionante de Peeping Tom. Posiblemente uno de los más difíciles conceptualmente, pero también uno de los más contemporáneos y modernos de la compañía.
