Mi relación con la comida

Entre el panfleto y la provocación

Carles Armengol Gili
Una opinión de Carles Armengol Gili
06/06/2015

Este es un espectáculo que pretende remover conciencias, un texto que se pasea por la provocación más descarnada, el panfleto reaccionario y el tratado filosófico o político. Está planteado como un monólogo que se dirige a un interlocutor imaginario, posiblemente un promotor cultural, un programador, un político o alguien de esta especie. Y el que habla es el artista, en este caso concreto una dramaturga… a pesar de que podría haber sido una actriz, una cantante, una pintora. Estamos delante, pues, del eterno debate sobre la función del arte y de la responsabilidad del artista ante el mundo. Es un tema que hemos visto otras veces, pero aquí todo es radical, extremo, como si el diálogo hubiera acabado y ya sólo quedara el monólogo… Un monólogo crispado, escrito en una noche de fiebre y disparado al público «a bocajarro».

Cómo acostumbra a pasar en este tipo de propuestas, la radicalidad resulta intermitente, e incluso contradictoria, a lo largo del espectáculo. Después de algunos pasajes contundentes y frases «muy bestias», después de privar a un sector del público de una parte del montaje, después de interrogar a los espectadores mirándolos a los ojos o después de invitarlos infructuosamente a tirar tomates… no se entiende como no se va un paso más allá, como la actriz sale a saludar como en un espectáculo «burgués» o cómo se invita a una copa el día del estreno. Me ha faltado esta coherencia interna, que ha estado a punto de condenar la obra al purgatorio del radicalismo de salón. Todo se salva, sin embargo, gracias a la interpretación extrema y minuciosa de Esperanza Pedreño, una actriz que conocimos gracias a Camera Café y que aquí despliega mil y un recursos interpretativos. Una auténtica proeza que sólo se ve perjudicada por una serie de acciones y movimientos escénicos que están desligados del discurso y que en ocasiones despistan, o directamente no aportan. Un problema muy similar al que ya detectamos en El testamento de Maria, otro monólogo de lucimiento.

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