Hay propuestas que no quieren contar un personaje, sino rescatarlo del lugar donde lo han encorsetado. Maria Magdalena se adentra en este terreno con una energía clara: volver a mirar a una figura milenaria sin el filtro de los tópicos, y hacerlo desde el teatro, el arte de poner una voz en el centro y preguntarse quién decide qué recordamos.
El texto es de Michael De Cock, creador acostumbrado a trabajar con materiales literarios e imaginarios cargados de historia. En los últimos años ha firmado relecturas de figuras y relatos canónicos, con especial interés por personajes femeninos que la tradición se ha convertido en caricatura o símbolo único. Aquí continúa esta línea y la lleva hacia un terreno muy concreto: el de una mujer -la Magdalena- sobre la que se han acumulado versiones, silencios e interpretaciones interesadas hasta borrar sus matices.
La dirección es de Carme Portaceli, con dramaturgia compartida con Inés Boza. El sello de Portaceli se nota en la forma de entender la escena: no como una simple narración, sino como una experiencia que alterna intimidad e impulso coral. Su mirada suele poner el foco en la memoria, en los márgenes y en la necesidad de reequilibrar relatos demasiado unívocos; y aquí apuesta por un lenguaje que combina palabra, cuerpo e imagen para que el debate no sea sólo intelectual, sino también emocional.
La acción arranca con un gesto cotidiano: Miriam, una profesora, viaja de Bruselas a Barcelona para dar una conferencia sobre Maria Magdalena. Deja atrás a la hija pequeña y llega con una decisión vital que pesa. Y, pronto, el realismo se tambalea: el encuentro con un taxista que afirma ser Jesús abre una grieta. Este pequeño desplazamiento es la chispa de un recorrido que va más allá de la anécdota: el montaje convierte el viaje en un pasillo entre la vida privada y la memoria colectiva, entre lo que nos han contado y lo que intuimos que falta.
En el centro se encuentra Ariadna Gil, que sostiene la función con una interpretación de línea fina: vulnerable sin caer en el melodrama, firme pero no rígida. A su alrededor, el reparto —Miriam Moukhles, Gabriela Flores, Ana Naqe, Alessandro Arcangelio, Clara Do, Romeo Runa, Laia Vallès y Anna Ycobalzeta— funciona como un conjunto de voces que aparecen como espejos, contrapuntos y memorias. No son personajes pensados para decorar el trayecto; son presencias que van reordenando las piezas del relato y empujando a la protagonista (y al espectador) a mirar con mayor complejidad.
Técnicamente es un montaje con ambición y oficio. La escenografía de Marie Szersnovicz sugiere un paisaje mental más que un espacio literal. Vestuario, luz e imagen aportan contexto estético y cambio de temperatura emocional, mezcla de ceremonia, memoria, documentación y ambiente. El espacio sonoro y la música contribuyen a sostener el ritmo, a transmitir no sólo con el texto, ya coser los saltos de registro para que la función no se viva como una conferencia dramatizada, sino como una experiencia escénica completa.
La historia de Maria Magdalena es muy clara y, aparentemente, el objetivo del espectáculo también. Sin embargo, de alguna manera, quizás por querer abarcar demasiado, por tocar todos los registros y por querer incluir en calzador recursos e ingredientes dramáticos, intervenciones del público incluidas, el ritmo acaba siendo exageradamente irregular, y aporta dispersión. No rompe como parece que debería pretender, ni pone foco. Se alarga en exceso y el mensaje se debilita. Se pierde el magnetismo que la magnitud de la escenografía ponía en bandeja. El monólogo de Miriam Moukhles, enorme en el papel de Sara, da lo que podría haber sido una línea de base sublime. Pasar de esa fuerza a romper la cuarta pared para escuchar la voz de la audiencia es un cubo de agua fría innecesaria. El papel del taxista, llamado Jesús, también contraría. Sutilmente, la voz femenina es conducida por su presencia. Y la rueda vuelve a su sitio. No sea caso.
Sin embargo, Maria Magdalena replantea mitos, pone en crisis versiones y trabaja con múltiples capas -palabra, cuerpo, imagen, luz y sonido- para activar preguntas. No es sólo una historia, sino una forma distinta de revisarla.
