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Les roses de la vida

Dulce disparate

Iván F. Mula
Una opinión de Iván F. Mula
14/09/2018

Es evidente que un dramaturgo y director con la trayectoria de Sergi Belbel se puede permitir el lujo, a estas alturas, de llevar a cabo cualquier proyecto que le apetezca. Sea la ambiciosa dirección de un clásico (Beckett, Pinter, Racine), de autores de nuevas generaciones (Claudia Cedó, Roc Esquius) o montar un ligero entretenimiento (como es el caso). La cuestión es no dejar de arriesgarse, experimentar y mantenerse fresco. Les roses de la vida es una locura simpática que, básicamente, busca la diversión sin muchas más pretensiones que el entretenimiento a través del humor absurdo basado en la palabra. En este sentido, la escena inicial es la más efectiva, la que genera más risas y la que consigue mantener mejor el interés. A partir de aquí, parece como si el montaje se dedicara a intentar encontrar un hilo conductor sobre la marcha o construir una historia que sostenga el conjunto de ocurrencias sin nunca encontrar ninguno consistente. De este modo, la gracia inicial se va diluyendo en una serie de bromas lingüísticas y malentendidos cada vez menos ingeniosos que acaban por agotar. Este defecto, resulta más evidente todavía con un final descaradamente hortera, gratuito y sin demasiado sentido que, sin embargo, por exagerado, vuelve a recuperar la atención del espectador. Afortunadamente, la propuesta cuenta con Enric Cambrany y Gemma Martínez, dos maestros de la sobreactuació cómica que saben cómo hacer funcionar cada situación y cada réplica de forma hilarante. Además, Belbel tiene un olfato preciso como director y, por lo tanto, la pieza tiene el tono adecuado y un buen ritmo. Esto sumado al delicioso helado de fresa que reparten hace que la experiencia sea lo suficientemente placentera.

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