Ring de boxeo emocional
A veces, lo que más sacude no es un grito, sino una conversación que se resiste a ser educada. Las bárbaras arranca con este pulso: tres amigas se encuentran en un hotel, lejos de la rutina, y lo que parece una estancia discreta para “poner orden” a unos recuerdos se convierte, enseguida, en un encontronazo con todo lo que habían ido dejando bajo la alfombra. Bárbara, más joven y ausente, es el centro invisible que lo activa todo.
La situación es aparentemente simple. Tres mujeres —amigas desde hace mucho— quedan en un hotel, lejos del ruido cotidiano, seis meses después de la muerte de Bárbara, una mujer más joven que, en su día, entró en sus vidas y dejó marca. No es un reencuentro para recordarlo en el sentido amable del término. Es más bien una cita con el pasado: con el papel que cada una jugó, con lo que dieron y perdieron, con lo que parecía ayuda, con lo que se disfrazó de cariño. Y es aquí donde la obra se vuelve sugerente: Bárbara, pese a no estar, ocupa el espacio como una pregunta abierta.
La dramaturgia de Lucía Carballal tiene una virtud que no es habitual: la tensión parte de la elasticidad del diálogo, no de la pirueta. El texto nace empujado por la fuerza del movimiento MeToo, y por sus efectos en todas direcciones. Se inspira en la ambivalencia de la mujer liberada, por fin reivindicada por las nuevas generaciones, y de la mujer que se siente etiquetada, que ve despreciada su lucha por una feminidad joven que repudia cualquier signo del pasado y que no valora luchas individuales pese a ser grandes batallas. Una confrontación generacional que contrapone ideales, vida y supervivencia.
Las conversaciones avanzan cómo lo hace la vida cuando hay confianza: con bromas que sirven para respirar, con interrupciones que delatan incomodidades, con frases que parecen pequeñas y después te golpean porque te imaginas de dónde vienen. El texto no juzga, expone. Pero ellas sí que acaban haciéndolo. Y, sin necesidad de proclamas, pone sobre la mesa temas densos, como la diferencia de edad, el poder sutil dentro de las relaciones, la culpa, las renuncias, la forma en que una amistad puede ser refugio y, a la vez, espejo incómodo, etc.
La dirección de David Selvas propone un ritmo fino, dejando que el texto lo marque. Sabe cuándo hay que dejar que el silencio pese y cuándo conviene cortarlo con una réplica que enciende la sala. El resultado tiene un naturalismo muy cuidado. Nada parece impostado, pero tampoco casual. La obra respira y aprieta a la vez, como una conversación que no puedes abandonar porque intuyes que, al final, alguien dirá lo que no se atrevía. Además, el bilingüismo, catalán y castellano, no es un adorno, sino un recurso que hace que los vínculos suenen reales, como cuando una amistad cambia de registro según lo que quiere decir o lo que quiere evitar.
Y es que las intérpretes -María Pujalte, Cristina Plazas y Francesca Piñón- sostienen la función con una precisión emocionante. Su química hace creíble una historia compartida de muchos años: el humor cómplice, los pinchazos que sólo te permites con quien te conoce demasiado, la ternura que aparece cuando ya no queda energía por defenderse. Ninguna busca caer bien; buscan ser honestas. Y esto, en escena, es muy poderoso.
La parte técnica acompaña con discreción inteligente. El espacio escénico, un hotel, funciona como una cámara de eco: un sitio neutro que, a medida que avanza la pieza, se va cargando de significados. La luz moldea los cambios internos sin remarcarlos, el sonido hace que la palabra llegue limpia y presente, el vestuario define caracteres con detalles que no llaman la atención pero que, cuando piensas, lo explican todo. Y la música en directo de Berta Gratacós aporta una delicada textura. No subraya, acompaña; no explica, sugiere. Sin embargo, cuesta verle el sentido a los cinco minutos finales, la coreografía forzada que rompe la fluidez, el final festivo con música yeyé española que no cuadra con los personajes, el contenido, las conversaciones o las relaciones. Una chapuza final que no se explica pero que no esconde el valor intrínseco del espectáculo.
Las bárbaras no termina cuando cae el telón. Deja cuestiones en el aire que te hacen pensar. Y ésta es una de las mejores razones para ir al teatro.
Ring de boxeo emocional
Les Bàrbares
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01/02/2026 - Teatre Borràs