Recordar las pérdidas es imprescindible
Proteger y promover la memoria histórica es un deber de la sociedad. Es importante e imprescindible no quedarse simplemente con el relato oficial, demandar saber y reconocer todas las partes, sus motivaciones, sus actos y sus pérdidas. Esta es la única manera con la que se pueden reconocer a todas las personas que perdieron la vida, o parte de ella, y quedaron sometidas al silencio.
Jaume Viñas sitúa esta obra en la Barcelona olímpica del 92, cuando una estudiante de Historia tiene que preparar un trabajo para conseguir una beca. Su idea es seguir la historia de las milicianas de Cataluña durante la Guerra Civil, mientras su profesora la alienta a mirar su propio pasado antes de intentar descubrir el de los demás. Mientras ella solo se quiere centrar en los hechos objetivos, su tutor le pedirá que descubra el impacto emocional. Y en este contexto se lanza a una búsqueda que le tocará de muy cerca.
Un texto increíble que, a pesar de la complejidad de lo que explica, capta al público con su narración cuidadosa y llena de emociones. Viñas va desentrañando las diferentes capas que en abrirse van mostrando todas las caras y aristas del relato que acaba de descubrirse en el final de la obra. Hay un juego entre delicadeza, intensidad y reivindicación que el autor consigue hilar escrupulosamente, alimentando poco a poco a una espectadora que cada vez está más entregada a la historia y a sus personajes. Y el final, aunque se puede intuir, deja sin aire al público, una angustia que describe perfectamente aquello que sienten los personajes.
El reparto es simplemente magnífico. Cada intérprete se dedica en cuerpo y alma a cada uno de los personajes a quien da vida, muchas veces yendo de una punta a la otra del estado de ánimo o la filosofía. Clara Mir, por ejemplo, en su papel de Alba (estudiante) muestra una inseguridad disfrazada con una apatía que realmente no siente y estas contradicciones se pueden ver claramente en su manera de moverse, caminar sobre la escena y mirar a las personas con las que interactúa. Cristina Arenas captiva a la espectadora con su veracidad dando vida a la Alba que fue miliciana al mismo tiempo que a la mujer en que se convierte después de la guerra, además de jugar con otros personajes que también tienen su valor dentro del relato. Y así se podría decir que un equipo de intérpretes que están espléndidos/as y que consiguen conectar con todo el público desde el primer minuto.
Oriol Broggi y Yaiza Ares crean una escenografía muy adecuada para el relato, con elementos capitales, algunos de los cuales incluso crean alarma y estupor, pero son necesarios para poder adentrarse en las emociones de la historia. Broggi, además, tiene un toque especial para dirigir este drama que rebusca en la memoria colectiva para hacer justicia a la personal.
Una maravilla de producción que hace sentir y emocionarse, vivir la rabia y la tristeza de sus personajes.