La memoria nos hace libres
Hay obras que no buscan impresionar por acumulación, sino por sedimentación. L’albada, escrita por Jaume Viñas y dirigido por Oriol Broggi, pertenece a esta categoría: un espectáculo extenso, coral y ambicioso que pide al espectador una disposición poco habitual hoy en día, la de entrar en una historia sin prisa y dejar que el tiempo teatral haga su trabajo.
La prenda parte de una búsqueda personal que pronto deja de ser sólo íntima. A través de Alba, una estudiante de Historia que investiga su pasado familiar en plena Barcelona preolímpica, la obra abre una puerta hacia décadas de silencios, heridas y versiones incompletas. La Guerra Civil, la posguerra, la Transición y la euforia del 92 no aparecen como grandes bloques históricos, sino como capas que todavía afectan a los cuerpos, conversaciones y relaciones familiares.
Uno de los aciertos del texto es que no convierte a la memoria en consigna. Viñas construye con un talento superlativo, un relato lleno de voces, contradicciones y zonas de sombra, donde recordar no es un ejercicio cómodo, sino una forma de asumir responsabilidades. La escritura avanza entre escenas de fuerte carga emocional y momentos más cotidianos, y encuentra en los vínculos familiares el lugar desde el que hablar de un país que a menudo ha preferido callar antes que mirar.
La dirección de Oriol Broggi da al montaje una respiración clara, en la línea más auténtica de La Perla 29. Pese a su duración, el espectáculo no se percibe como una sucesión pesada de episodios, sino como un recorrido que necesita espacio para desplegarse. La escenografía, las proyecciones, la luz y el vestuario trabajan al servicio de este tráfico temporal, sin imponerse a la palabra ni a los intérpretes.
El reparto, formado por once actores y actrices, sostiene con precisión una estructura exigente, llena de cambios de época, registros y personajes. La fuerza del montaje nace sobre todo de esta idea de compañía: una presencia colectiva que permite que la historia avance como un mosaico humano. Entre sus interpretaciones, destacan la solidez de las voces más veteranas y la capacidad del conjunto para hacer creíble el paso del tiempo. Sin embargo, hay que rendirse ante el reto mayúsculo que afronta de forma exitosa Clara Mir. El conjunto sobresale, y su interpretación es más que destacable.
L’albada es una recomendación especialmente adecuada para quien entiende el teatro como un espacio de memoria compartida. No es una obra ligera, pero sí necesaria. Al salir, queda una intuición persistente. No se puede avanzar en el olvido. Conocer, recuperar la memoria, quizás no lo repara todo, pero es la única vía para vivir en libertad.