La truita

La espina de la trucha

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Jordi Bosch Argelich
Una opinión de Jordi Bosch Argelich
04/07/2026 · Teatre Poliorama

El espectáculo contemporáneo suele encontrar su máxima expresión en la intimidad de los conflictos cotidianos, convirtiendo un acto tan trivial como una comida familiar en un auténtico campo de batalla ideológico y generacional. Es un lugar común, un recurso frecuente y con frecuencia, desgraciadamente, previsible. Esto es precisamente lo que ocurre en La truita, una punzante pieza del dramaturgo francés Baptiste Amann que llega a nuestra cartelera bajo la traducción precisa de Carles Batlle. El texto nos presenta a una pareja a las puertas de la jubilación que se ha trasladado al campo para abrir una panadería ecológica; un intento de reiniciar sus vidas que se tambalea cuando reúnen a sus tres hijas y sus respectivos compañeros para celebrar el cumpleaños del padre. El detonante del drama, aparentemente inocuo, es una tortilla de río que lleva la hija mediana, quien se niega a comer la carne preparada por la madre a causa de sus nuevas convicciones. A partir de este ingrediente, el autor construye una comedia dramática articulada en tres actos – entrante, segundo plato y postre – que radiografía con gran lucidez el peso de las tradiciones, la intolerancia camuflada de cariño y las grietas de los valores comunitarios actuales.

El montaje descansa sobre los hombros de una compañía intergeneracional encabezada por dos gigantes de la escena catalana: Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas. Y la taquilla lo nota, claro, por bien y por no tan bien. Ambos actores, que acumulan una larga historia de complicidades interpretativas de alto voltaje en el teatro de texto, exhiben una química orgánica y magnética en el papel de progenitores afectados por el cuestionamiento de sus hijos. A su alrededor, un reparto joven que incluye nombres como Sara Espígul, Miranda Gas o Julia Bonjoch aporta la frescura y la réplica necesaria para enfrentar los choques de mentalidades. La dirección escénica de Ferran Utzet, avalada por una trayectoria impecable en la creación de atmósferas donde el subtexto y la tensión contenida lo son todo, pretende equilibrar el ritmo de esta comedia coral sin perder el trasfondo amargo de la discusión. A través del uso del espacio y los silencios, Utzet hace crecer la incomodidad en la mesa. Pero el ritmo es irregular, con un pretencioso turno casi rotativo de monólogos que pretenden mostrar el fondo de cada personaje, pero que sólo Vilarasau el Boixaderas y el Espígulo tienen realmente integrado y lo utilizan con autenticidad. Se hace alguna concesión de cara a la galería que encandila a parte del público y, ya hablo personalmente, aparta al resto porque sobra, como la espina de la trucha.

En el apartado técnico, la escenografía y el vestuario de Albert Pascual juegan un papel narrativo decisivo, huyendo del realismo costumbrista para dotar al espacio de una sutil abstracción que subraya el aislamiento del núcleo familiar. La evolución de la iluminación acompaña magistralmente la degradación del clima festivo hacia la tormenta emocional, cerrando un círculo donde la comida se convierte en el espejo de nuestras propias contradicciones. La truita es una invitación a mirarnos de cerca, una propuesta que busca un teatro comprometido con su tiempo, cercano y profundamente humano.

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