Pueden pasar los años, las décadas y, incluso, las épocas y los siglos, y aún hay cosas que no cambian. Que por mucho que se piense que han evolucionado, continúan siendo una constante en la vida y la sociedad. Y no para mejor, precisamente. No obstante, dentro que esta repetición cíclica del comportamiento y las voluntades, siempre hay momentos de luz que muestran que alguna cosa puede ir a mejor.
Josep Maria de Sagarra escribió La corona d’espines en el 1930 y parece mentira como es de actual el texto hoy en día. Con una voluntad indiscutible de mostrar las injusticias sociales que vivían las mujeres en la épica y su mísera valoración en la sociedad. Una manera de ponerlas en valor, reivindicarlas y hacerles justicia. En la historia encontramos al Señor de Bellpuig que intenta casar a su sobrino-heredero con la hija de una familia poderosa para poder tener un arreglo financiero beneficioso. No cuenta, por eso, que Eudald ya se ha liado con Mariagneta, una chica de casa pobre. Mientras unos luchan porqué el matrimonio se celebre y otros para que no, Marta, la criada, descubrirá que no puede guardar más secretos.
Un texto maravilloso que, a pesar de su composición en verso, tiene facilitad de crear un relato dinámico y fácil de entender por parte del público. La capacidad de Sagarra de crear una imagen clara de las emociones de los personajes con un discurso bien hilado y concreto, casa perfectamente con el estilo narrativo. No es difícil ni enrevesado. Atrapa a la espectadora y la deja pendiente -si no conoce la historia- del desarrollo de la trama. Un relato potente y apasionado, lleno de reivindicación y validación de protagonismo y fortaleza.
Àngels Gonyalons está increíble en su papel de Marta. Cada papel que interpreta mejora exponencialmente su trabajo, es fascinante. Es magnífico como consigue hacer pasar las palabras en verso como si fueran naturales en sí misma. Esta manera orgánica de servir el texto es de admirar. A su lado está Abel Folk, Pau Oliver, Júlia Roch o Jan D. Casablancas, por ejemplo. Todos y todas sobresalen en su trabajo, alguno/a de ellos/as nuevas caras que se tendrán que tener en cuenta. Unos personajes a los cuales, por cierto, les falta un poco de movimiento en sus grandes monólogos, aunque se entiende que deber ser una decisión de la dirección de Xavier Albertí, un poco de recorrido por el escenario hubiera enfatizado más el poder del texto.
Una escenografía sencilla, pero al mismo tiempo majestuosa crea un marco idóneo, aunque quizás se pasa un poco para la historia que se desprende de ella. De la misma manera, a pesar de que se sigue bien el ritmo, una pausa de 10 minutos para poder asimilar la acción, justo antes del gran final, hubiera dado un poco de aire al texto y al público.
Una gran obra del teatro catalán que se tiene que descubrir y continuar visitando. Seguramente una de las mejores maneras sea yendo a ver esta producción que trasmite estimación por el texto y por su autor.
