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La locura como experiencia

La brama del cérvol

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La brama del cérvol → Teatre Poliorama
18/02/2026 - Teatre Poliorama

La Calórica tiene una habilidad especial para convertir una situación aparentemente cotidiana en un laboratorio donde estallan, con humor y mala baba, grandes preguntas. La brama del cèrvol, una experiència única en un marc incomparable parte de un punto de encuentro tan común como cargado de promesas (un hotel de montaña perdido, de aquellos que vienen silencio, naturaleza y desconexión) y hace confluir personajes que suben buscando algo que no siempre saben llamar. Lo que podría ser una comedia de enredos acontece, escena tras escena, una radiografía desgarradora sobre el deseo de experiencias transformadoras, la necesidad de relatos compartidos y la facilidad con la que todo esto puede convertirse en mercancía emocional.

El argumento se organiza como un mosaico de líneas que se cruzan con un ritmo casi matemático. Hay quien ve una oportunidad para cerrar tratos y convertir el paisaje en plusvalía; hay parejas que intentan salvarse buscando en su escapada una experiencia catártica, y, como contrapunto, un grupo de creadores discute sobre el sentido del teatro político con una mezcla deliciosa de convicción, vanidad y vulnerabilidad. Paralelamente, dos jóvenes se adentran en el bosque persiguiendo el rumor de una fiesta antigua, y este hilo más nocturno e iniciático pone en circulación otra energía: la de la búsqueda de algo real en un mundo que lo empaqueta todo.

Esta arquitectura dramatúrgica no sería posible sin la mano de Joan Yago, autor habitual de la compañía y una de las plumas más finas del teatro catalán contemporáneo. Su texto combina el ingenio verbal (réplicas rápidas, contradicciones que estallan en el momento exacto, humor que desarma) con una construcción de situaciones que avanza por acumulación y choque. Yago sabe escribir personajes que son, a la vez, tipos sociales fáciles de reconocer e individuos heridos, gente que utiliza palabras grandes para tapar huecos pequeños, o que se protege con la ironía porque decir el deseo a pelo es más arriesgado. Y, sobre todo, sabe hacer algo muy difícil: que la obra hable del teatro (y de sus discursos, liturgias y autojustificaciones) sin convertirse en un juego endogámico; por el contrario, la mirada sobre el sector es un trampolín para volver a la pregunta esencial: ¿qué esperamos que nos ocurra cuando vayamos a vivir algo?

El texto gira en torno a una idea central: la berrea del ciervo, un sonido que debería ser naturaleza, aparece como promesa de revelación. Y, sin embargo, lo que vemos es cómo los personajes proyectan sobre el bramido lo que necesitan, es decir, esperanza, pertenencia, una excusa para cambiar, o simplemente una historia que contar al volver. La dramaturgia combina diálogos ágiles, cambios de foco y situaciones que se cargan de comicidad hasta el límite; pero cuando la risa llega, a menudo lo hace acompañada de una punzada. Es un humor que no perdona, pero que tampoco humilla. Te hace entender por qué estos personajes se aferran a su relato aunque se esté agrietando.

La dirección de Israel Solà ordena el aparente caos de tramas y personajes con una conducción muy fina del ritmo. Hace correr la acción cuando es necesario que la comedia coja velocidad y la deja respirar cuando lo que interesa es que se vea la fisura, la duda o el vértigo. También destaca el cuidado en la composición del conjunto: el reparto se mueve como un cuerpo colectivo, con miradas y desplazamientos que explican tanto como los diálogos, y así la prenda gana densidad sin perder agilidad. La dirección que no ilustra el texto, sino que le hace pasar por el cuerpo, el espacio y el tiempo escénico. El conjunto se mueve finalmente hacia el caos más absoluto, hacia la locura, y todo se acelera de forma incómoda, a una velocidad difícil de digerir. Demasiado, tal vez. Pero… ¿qué quieres? Es la gramática de La Calórica. Es su juego.

Hablar de La Calòrica es hablar de una compañía que, desde hace años, ha hecho del trabajo coral y de la sátira inteligente una forma de interrogar al presente. Sus piezas suelen desmontar discursos solemnes (políticos, mediáticos, culturales) cuya ironía no es frivolidad, sino método. Reír para ver mejor.

Los aspectos técnicos no son decoración sino dramaturgia en acción. El espacio escénico funciona como una arquitectura flexible que permite pasar de un salón de actos a un pasillo, de un comedor a un entorno imaginado. Esta movilidad sostiene la idea de que el sentido también se reconfigura constantemente. La iluminación corta atmósferas con precisión, del realismo doméstico a una densidad casi ritual, y el sonido convierte la berrea en un elemento que obliga a los personajes a posicionarse.

La brama del cèrvol es un gran espectáculo que te deja una inquietud persistente. ¿Qué buscamos realmente cuando perseguimos autenticidad? ¿Y cuántas veces, en realidad, sólo buscamos una historia que nos tranquilice? El espectáculo no da respuestas cómodas, te las hace escuchar, como un bramido, desde un lugar en el que se hace imposible desconectar.

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