Islàndia: Un texto enorme y valioso

Islàndia
6/11/2017

Lluïsa Cunillé no ha sido nunca una autora fácil ni que se acomode a modelos o a formas de hacer más comerciales. Su teatro es hermético a ratos, misterioso en otros y siempre valiente, quizás porque no se ata a nada ni a nadie. Se dice que Islandia es una de sus mejores obras, y quizás sea verdad. Empieza con una escena con toques de realismo mágico y diálogos a la altura de Pinter, para pasar después al viaje iniciático del protagonista -de Islandia a Estados Unidos- para reencontrarse con su madre. Por el camino, compuesto de largas escenas o dúos teatrales, se va construyendo ante nosotros una especie de radiografía del capitalismo y a la vez un retrato de los cadáveres que el mismo sistema ha ido provocando. Víctimas que no dudan en enredar a un chico de quince años, símbolo de la inocencia que todavía puede redimirlo todo.

Xavier Albertí ha sido respetuoso con el texto y con el espíritu de la autora, a la que conoce muy bien y con la que ha trabajado en muchísimas ocasiones. En mi opinión, sin embargo, no ha controlado bien los tempos ni la intensidad de las largas escenas, hecho que provoca en el espectador un cierto cansancio y un esfuerzo suplementario para seguir la historia con atención. El reparto cumple bien el cometido, a pesar de que la responsabilidad más grande recae en un jovencísimo e inexperimentado Abel Rodríguez, con todas las virtudes y/o inconvenientes que esto puede producir. Sea como fuere, el texto es bastante grande y valioso cómo para que la propuesta haya valido la pena y se haya representado en un espacio como el TNC, en el que una autora como Cunillé tendría que tener mucha más presencia.

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