Germans de sang empezó como una obra de texto que se representaba en varios institutos de las afueras de Liverpool a principios de los ochenta. No es hasta el 1983 que da el salto al formato musical, consiguiendo un éxito inmediato, primero en Liverpool y después en el West End londinense. Enseguida crecerá la leyenda, con récord de representaciones y multitud de versiones en todo el mundo. Una de ellas será la catalana que dirigió Ricard Reguant, con Àngels Gonyalons de protagonista. La pareja estaba en su momento más álgido, después de haber estrenado en Barcelona los musicales Estan tocant la nostra cançó, Memory y Tots dos. Esto supuso un éxito total y también una aureola de musical de culto que todavía sigue persistiendo.
Si partimos de un análisis frío y libre de nostalgia podríamos decir que Germans de sang es un musical correcto, con un par de canciones memorables y un argumento folletinesco que guarda una trampa enorme: algunos de los protagonistas adultos se tienen que pasar la mitad del primer acto haciendo ver que son niños de siete años. Si salvamos este escollo y entramos en el juego, seguro que podremos disfrutar de una historia que engancha por el argumento y por un personaje central que es una auténtica joya, la madre de los gemelos Johnstone.
La versión que ahora nos llega es una versión muy libre y modernizada, pero con un respeto enorme por la pieza original. En este sentido, Daniel Anglès ha echado mano de algunos de los recursos que vimos en L’alegria que passa, donde Ariadna Peya ya firmaba todo el tema de las coreografías y el movimiento escénico. También se enfatiza un vestuario más ambiguo y una escenografía que a pesar de la sobriedad resulta de lo más coherente. Tenemos, por lo tanto, un producto que convence como el del 1994 pero que brilla y luce como si fuera nuevo, o hubiera sido sometido a un rejuvenecimiento de primera.
En el reparto solo hay una persona que había estado en la última versión del 2014: se trata de Lucía Torres, que antes hacía de Linda y ahora se ha convertido en la señora Lyons. Por su parte, Albert Salazar y Roc Bernardí pasan con nota el difícil escollo de representar a dos personajes en la infancia, la adolescencia y la juventud, mientras que Tai Fati interpreta con gran acierto la tercera pata de un terceto que acaba en desgracia. Triquell defiende con suficiente solvencia el personaje del narrador, mientras que Mariona Castillo se erige como la gran protagonista moral de la historia. La suya es una interpretación llena de verdad, sentimiento y experiencia profesional. Una actuación de primera que roza la excelencia y que aguanta todo el peso del musical.
