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Jordi Bosch Argelich
Una opinión de Jordi Bosch Argelich
08/07/2026 · Heartbreak Hotel

Gracias, Rigola. Mil gracias por ofrecernos esa locura, este experimento mágico. Qué privilegio, poder disfrutarlo.

Antes de que aparezca ningún bosque, ya hay una fiesta. Antes de que Shakespeare despliegue sus hechizos, ya intuimos otro tipo de magia: la de la noche que promete libertad y acaba revelando fragilidades, la de un espacio donde todo el mundo parece actuar incluso cuando dice la verdad. Factory (Somni d’una nit d’estiu), que estos días puede verse en el Heartbreak Hotel, no entra en el clásico por la puerta solemne, sino por una rendija más incómoda y estimulante: la de la Factory de Andy Warhol, convertida aquí en espejo contemporáneo del deseo, de la confusión y de la necesidad de ser mirado.

Àlex Rigola no utiliza este universo como un simple disfraz estético. Lo utiliza como territorio dramático. La Factory, con su mezcla de arte, exhibición, fiesta y decadencia, funciona como un equivalente moderno del bosque shakesperiano: un lugar apartado de la norma, donde los personajes pueden perder el control, equivocarse, amar mal y, durante un rato, escapar de la identidad que les encarcela.

El texto conserva la raíz de Sueño de una noche de verano, con la traducción de Salvador Oliva como base verbal, pero la adaptación le hace respirar en otra frecuencia. Rigola recorta, desplaza y concentra el material para convertirlo en una prenda de setenta minutos que avanza con ritmo de ensueño acelerado. No siempre busca contarlo todo; prefiere sugerir, provocar fricciones y dejar que el espectador complete los vacíos. Esta apuesta da momentos de gran intensidad, aunque algunos pasajes pueden parecer más dependientes de la atmósfera que de la progresión dramática.

La dirección es precisa en el control del tono. El humor no anula la oscuridad, y el brillo pop no esconde la melancolía que atraviesa el espectáculo. El reparto coral, formado por doce intérpretes, es uno de los aciertos de la propuesta. En un espacio tan cercano como el Heartbreak Hotel, la presencia física de los actores y actrices adquiere una fuerza especial. No hay distancia cómoda entre quien mira y quien se expone. Esta proximidad encaja con la trayectoria de la compañía, que ha ido consolidando una forma de hacer teatro basada en la intimidad, el trabajo actoral y la revisión contemporánea de textos literarios y escénicos.

Los aspectos técnicos desempeñan un papel determinante. La escenografía y el vestuario construyen una iconografía clara, plateada y reconocible, pero sin convertir la obra en una postal warholiana. La iluminación, más atmosférica que decorativa, transforma la sala en un espacio mental, entre la fiesta privada, el plató y la suave pesadilla. También el sonido contribuye a esa sensación de irrealidad controlada, como si la obra avanzara siempre algo suspendida. Las piezas y el acompañamiento en directo le aportan un ritmo y un contexto propios de la atmósfera de la Velvet Underground.

Factory no es una lectura complaciente de Shakespeare, sino una apropiación libre, nerviosa y visualmente poderosa. Quizás no todas sus capas llegan con la misma contundencia, pero el resultado tiene una virtud poco frecuente: hace que el clásico parezca menos intocable y más vivo. Y eso, en teatro, es ya una forma de riesgo. La combinación de realidades tan alejadas fascina y resulta muy efectiva para provocar una larga hora de inmenso placer teatral. ¡De nuevo, gracias!

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