Cuando se está inmerso/a en una sociedad que ha marcado unas pautas y unos comportamientos estrictos e inamovibles es muy difícil salir. Hay una estructura muy bien crear para que todo el rebaño no salga de la zona delimitada y que no vea más allá de las cuatro paredes que se han establecido como límites. En el momento que una persona decide tan solo mirar por encima de la valla que la rodea, esta es juzgada y sentenciada sin ningún miramiento. El poder de la comunidad es indiscutible para desafiar los roles impuestos y para luchar por la libertad.
Gara Roda adapta este texto de Lucy Kirkwood y traslada la acción de la Inglaterra rural a Cataluña: cuando una mujer afirma que está embarazada para impedir que la cuelguen en la horca, el juez convoca a un grupo de 12 mujeres que determinaran, en una habitación cerrada, si lo que dice la chica es verdad. Este encuentro servirá para decidir el destino de esta chica y también para desvelar algunos secretos de estas mujeres ahogadas por una sociedad que las oprime.
El texto de Kirkwood es una maravilla y Roda consigue adaptarlo de manera sencilla y potente. El relato y los diálogos van danzando en el escenario de una manera orgánica, implicando al público en cada paso, provocando sonrisas y risas en más de un momento cómico, al mismo tiempo que también hace contener el aliento en momentos inesperados y sobrecogedores. Quizás la primera parte de la obra es más compacta i redonda que la segunda, pero de manera unificada encaja perfectamente de cara al público.
El montaje sobre el escenario es increíble y encaja totalmente con aquello que se quiere explicar y transmitir. La escenografía aporta todos los elementos que necesita la historia para ser narrada y da el espacio ideal para este relato pasional y reivindicativo. El diseño sonoro y de luces, además de los efectos, crean una atmosfera intensa y distendida a partes iguales, de manera muy inteligente se adapta al tono que necesita la producción en cada segmento. Es verdad que hay alguna elección musical que sorprende y no se sabe si encaja bien, pero da igual porqué el conjunto funciona.
El reparto es una auténtica bestialidad. Todas las intérpretes juegan majestuosamente con sus personajes y se implican hasta el final con sus personalidad y papel concreto dentro de esta vorágine de emociones, traiciones y verdades reveladas. Especial mención para Anna Castells que arrasa a la espectadora con su magnífico trabajo dando vida a Sansa, la acusada. Castells hipnotiza y atrapa al público con una interpretación visceral, llena de una mezcla de amor y dolor, con un poso de miedo que la va invadiendo y va sacando capa a capa a una supuesta indiferencia que tiene mucho más fondo. De igual manera, sorpresa mayúscula con Sílvia Abril a la cual tenemos la costumbre de ver en formato humor y que aquí vuelve a demostrar que es una actriz con muchas caras –todas muy interesantes-. El peso de su personaje impregna e influye en el resto del reparto. Su tenacidad, decisión y valentía remueve el relato y transporta al público a su lucha interna.
Una producción impresionante que se pasa volando a pesar de las casi tres horas que dura. Sin darse cuenta, la espectadora que está descubriendo esta historia y sus personajes, se encuentra en el precipicio del desenlace final, que sorprende y sacude a partes iguales. Propuesta imprescindible de este final de temporada.
