Ya hace tiempo que me pregunto si esto de unir varias tragedias clásicas en un solo espectáculo (Ifigenia o Electra, para poner solo dos ejemplos llevados a cabo por Alicia Gorina) obedece más a un tipo de moda o a una necesidad de poner en contexto los personajes referenciados en ellas. Ya sabemos que hay varias versiones de los grandes clásicos griegos, obras que hablan de diferentes momentos del mismo personaje u otras que son claras continuaciones de la historia. Pero… ¿lo que nos aportan es realmente tan revelador? Al final nos encontramos con obras adaptadas, y en algún caso abreviadas, que se acaban uniendo en espectáculos excesivamente densos y largos. El caso de Èdip i Antígona no es ninguna excepción.
Carlota Subirós, que a menudo hemos visto como adaptaba minuciosamente y con mucho detalle otro tipo de textos (La plaça del diamant, El quadern daurat), sucumbe aquí a la tentación de unir los tres textos de Sófocles que siguen a los personajes de Edipo y su hija Antígona. Tres historias que se suceden cronológicamente y que aquí se presentan en un tour de force extenuante de casi dos horas y media, sin entreactos. Creo que resulta interesante pasar por todo el arco argumental, pero quizás no de la manera en que se ha llevado a cabo. Creo que Subirós ha pensado más en la coherencia dramatúrgica y el relato clásico, y no tanto con el sentido de espectáculo y la grandilocuencia que sí tenían las tragedias originales.
Aquí todo se mueve en un tono moderado, a ratos casi minimalista. La primera obra pasa en las escaleras de Palacio, con un inmovilismo muy marcado que lo deja todo en manos de los recitativos de los actores. La segunda y la tercera pasan en una naturaleza casi desértica o lunar donde los personajes deambulan y toman decisiones trascendentales. Lo rodea todo un paisaje sonoro muy interesante, y también algunas intervenciones musicales muy agradecidas y acertadas. Pero podríamos decir que el grosor del espectáculo se confía a las interpretaciones de los actores, y aquí quizás tenemos que decir que el resultado es un poco irregular. Destacan, eso sí, Kathy Sey, Moha Amazian y Vicenta Ndongo, que resaltan por su gran presencia escénica y la forma de decir la prosa de Carles Riba. Ellos son la punta de lanza de un reparto muy racializado, el primero que vemos en la Sala Gran del TNC desde su fundación.
