La infancia y el pasado siempre acaban afectando e influenciando el futuro de las personas. En algunas ocasiones, aquello que se vive deja una marca profunda que el cerebro intenta racionalizar o tapar con capas que no dejen ver ni una pequeña parte. Una autoconvicción puede permitir dejar momentos desagradables, horribles o imposibles de digerir en la recámara durante mucho tiempo, negándolos y queriendo creer que los recuerdos no son fiables. Pero todo acaba saliendo, de una manera u otra. A veces tarda poco tiempo, a veces hacen falta años. Al final todo acaba saliendo a la superficie.
Paula Vogel firma el texto de esta obra que fue reconocida con el premio Pulitzer en 1998, un relato crudo que sacude al público y expone, a través de un lenguaje claro y una estructura original que atrapa a la espectadora, unos hechos dolorosos que marcaron para siempre la vida y la historia de la protagonista.
Una mujer nos lleva por un viaje a través de su vida. Ara ya adulta, confiesa al público un secreto que lleva guardando muchos años. Lo hace poco a poco, creando un contexto que tiene como núcleo principal su familia, con saltos temporales que ayudan a ubicarse en una situación de la cual no fue capaz de darse cuenta hasta superada bastante la mayoría de edad. Unos hechos que van dirigiendo a la espectadora hacia un camino tortuoso que produce rabia, horror y, sobre todo, menosprecio hacia algunos de los personajes del relato.
El inicio, con una mezcla de las normas y técnicas de conducción no se facilita mucho entrar en la historia. Se hace un poco extraño y foráneo que eso tenga que ver de alguna manera con aquello que se quiere explicar. Parece ser un recurso para conectar los diferentes fragmentos de la narración y también una manera de destensar el ambiente con momentos un poco humorísticos y musicales. Eso sí, los momentos musicales son una delicia y si están bien encontrados en el marco del tema de la obra. Lo mismo que la escenografía, que al principio parece que no encaje muy bien con la historia, pero que al final es un elemento de la narración muy importante para poner a la protagonista contra las cuerdas y enfrentar la realidad.
El reparto, encabezado por la siempre increíble Mireia Aixalà, tiene en Ivan Benet su gran atractivo. Su personaje, asqueroso y manipulador, clava las garras en el estómago de la espectadora que se aguanta para no levantarse de la butaca y hacerle saber qué piensa de todo. Benet está magnífico, consigue crear una capa de inocencia fingida al principio de la obra que se va resquebrajando a medida que avanza la trama. Su aspecto físico ya crea un rechazo desde el inicio, pero su interpretación va colocando capa sobre capa poco a poco para que acabe siendo un personaje odioso. El objetivo, sin duda, del intérprete. Además de Benet, Alba Gallén es todo un descubrimiento, no solo por su voz impresionante, sus dotes interpretativas dejan boquiabierto al público. En especial en la última escena, donde ninguna palabra es necesaria para expresar qué siente su personaje. Unas emociones que van directas al patio de butacas.
Una producción que aborda un tema delicado y que lo hace de una manera que la espectadora acaba adentrándose completamente, disfrutando del espectáculo al mismo tiempo que se sale del teatro revisitando algunas escenas y la manera como están abordadas. Un tratamiento original del tema, con un ritmo trepidante, que acapara al público y lo deja tocado durante días.
