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Un muro que no deja fluir

Casa de nines

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Casa de nines → Sala Atrium
22/02/2026 - Sala Atrium

La perfección, establecer una manera de vivir que cuadre con los estándares programados socialmente para cada persona, sean justos o no, este es el objetivo de mucha gente. Es imposible conseguir esta idea de la perfección, simplemente nadie es capaz. En algún momento u otro, la cara inmaculada que se muestra acaba teniendo grietas insalvables.

El texto de Henrik Ibsen nos traslada a la vida idílica del matrimonio de Nora y Torvald. Con tres hijos en común, celebran una Navidad con una ilusión nueva, y es que Torvald ha sido ascendido al banco donde trabaja y eso quiere decir que los ingresos de la familia serán continuos y abundantes. Pero, como siempre, aquello perfecto no existe y Nora esconde un secreto a su marido que se verá llevado a la luz cuando una vieja amiga llegue a la ciudad y una antigua trabajadora del banco quiera conseguir su objetivo caiga quien caiga.

Aunque el texto pueda parecer un poco extraño en la época actual -más o menos donde se sitúa esta versión teatral-, hay un trasfondo que puede ser reconocido por muchas personas. El cierre de la personalidad de una mujer eclipsada por su marido, en forma y también en fondo. Un relato interesante para darse cuenta que algunas de estas situaciones aún se viven hoy en día, aunque puedan parecer residuales. La narración atrae a la espectadora que quiere saber cómo acabará el lio, al mismo tiempo que construye una animadversión por su marido que espera que sea recompensada. Con un ritmo ágil, la trama se va sucediendo de manera natural a través de las conversaciones de los personajes y va aumentando la tensión con cada segmento.

Las interpretaciones, en general, tienen sus altos y bajos, aunque puede ser una elección de la dirección de Raimon Molins, i eso hace que el desarrollo de la historia sea un poco caótico. La intensidad inicial de los personajes de Nora, por ejemplo, crea un poco de rechazo al público, una interpretación que va encontrando su sitio y acaba al final de la obra siendo todo aquello que tendría que haber sido desde el inicio. Es Jordi Llordella, con su Torvald quien crea una estabilidad dentro de la narración y nos ofrece un personaje odioso por su carácter, pero magnífico en cuanto a su interpretación y conexión con el patio de butacas.

La escenografía es bonita y crea un marco ideal para la historia del inicio, pero se rompe con la creación de la casa en el segundo acto. Aunque a nivel imaginario se entiende la ubicación de esta “casa de muñecas” a nivel de público es un impedimento para ver con claridad aquello que está pasando tras en el escenario. Dependiendo de donde se siente en el patio de butacas, la espectadora perderá algunos de los momentos clave del hundimiento de Nora o la realización de cómo ha sido su vida. La pared de la casa se convierte en un muro que separa al público de la narración y, por tanto, le quita el impacto que podría haber mejorado la experiencia.

Una versión de la obra de Ibsen a tener en cuenta, a la cual le harían falta algunos retoques para acabar de impactar a la espectadora.

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