Cantando bajo la lluvia, el musical: Como si lloviera...

Cantando bajo la lluvia, el musical
30/10/2021

Para disfrutar de Cantando bajo la lluvia basta con dejarse llevar. Sería tramposo pensar en la experiencia personal de una película que marcó a las generaciones de la segunda mitad del siglo XX. La Metro-Glodwyn-Mayer produjo una historia icónica y Gene Kelly, en la dirección y como intérprete, se convirtió en una figura incorporada con fijador en el imaginario colectivo.

Si consigues abstraerte de este recuerdo, si quizás no lo tienes o si, mejor aún, decides empezar la experiencia de cero, el placer es inmenso desde el primer minuto al último. La hábil dirección artística de Àngel Llàcer y la potencia musical de Manu Guix y de Andreu Gallén construyen soluciones sorprendentes, imaginativas y originales a la adaptación (felicidades, Marc Artigau!) de este guión gigante en el escenario. Un escenario que empieza ya en el pasillo de la platea. ¡Qué manera de integrar al público!

La interpretación es sublime. Todo el mundo está a la altura, a un nivel ya un ritmo que provocan el estado de alerta constante en la audiencia, aquellos ojos que no quieren perderse detalle, ese rictus facial que está listo para escalar de risa o para decir “uauu” un minuto tras otro. Incluso los técnicos y tramoístas, en una coreografía propia e inusual de decorados (un aplauso por Enric Planas) que se mueven con agilidad, aportan su punto. ¿Y la música…? Si la vivencia del teatro es ya inigualable por ser única, directa e irrepetible, la música en directo es ya todo un lujo.

Pero déjenme expresar mi admiración absoluta por tres personas que hacen que la sesión se convierta en magia. Asisti a una sesión del viernes con el cover de Don Locwood, Miguel Ángel Belotto. y su capacidad de combinar con esa fuerza y ​​energía el baile, el canto y la interpretación me dejó abrumado. Impresionante. Excelente. ¿Qué puedo decir más…? Ricky Mata, en el papel de Cosmo Brown, fiel a la interpretación cinematográfica, exhibió un talento desbordante, una comicidad cautivadora. Y me guardo por el final, en el papel de Lina Lamont, una clown que me enamora: Mireia Portas. Clown con todas las letras. Si tengo un recuerdo recurrente del espectáculo, más que el baile de las farolas, es su gesto, el dominio de la expresión, el imán que ejercía en cada acción. No puedo desprenderme de ello. Mejor decir: ¡no puiiiido!

Precisamente, y aunque parezca una contradicción, si tuviera que buscarle tres pies al gato y descubrir a la fuerza un punto débil, sería éste. Existen dos espectáculos en uno, que caminan paralelos (sin dañarse, pero separados): el propio que guía el argumento y la actuación cómica estratosférica de Lina Lamont, que todo lo eclipsa. Pero… ¡bendito sea el punto débil!

No cierro el artículo sin reivindicar el teatro en catalán. No puede ser que un espectáculo como éste, revisando los miembros que forman el equipo creativo, no hubiera sido concebido en catalán. Aquí tenemos un grave problema. Pero mientras la taquilla funcione… aquí todo el mundo hace como si lloviera. Y en este caso, decirlo es aún más acertado.

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