Pónganse bajo la piel de Irene, la protagonista de la magistral novela corta publicada en 1920 con el título de Angst, que, más de un siglo después, sigue siendo un extraordinario relato con algo inquietante y muy profundo, un “thriller” psicológico. Irene, nada más comenzar la historia, acaba de salir del piso de su amante, un pianista de rostro melancólico con quien mantiene una aventura, más fruto del deseo de romper con la ausencia de riesgos y el exceso de seguridades de su acomodada existencia burguesa que de una verdadera pasión.
Y, de pronto, es abordada por una furiosa joven que lo sabe todo sobre su adulterio —Irene está casada con un respetable magistrado vienés y es madre de dos hijos— y que amenaza con convertirse en una pesadilla de chantaje sin fin. Pónganse, pues, en el lugar de esta mujer que, acosada por la culpa, queda atrapada por un paralizante sentimiento de miedo que no deja de crecer. Todo ello con la certeza de que cada nuevo pago no hará más que concederle una breve tregua antes de la llegada de un final inevitable.

Tal vez ese marido, tan acostumbrado a tratar con culpables en los tribunales, tenga razón cuando afirma que el miedo es algo mucho peor que el castigo; el castigo, por amargo que resulte, puede llegar a ser un auténtico alivio. Y el músico, dramaturgo, director y actor Andreu Rifé, que, al adentrarse en la lectura del relato, sintió de inmediato el impulso de llevarlo a escena, no podría estar más de acuerdo con esta idea. Aplicada a su propio oficio, tiene claro que los fantasmas que acechan a un autor durante el proceso creativo siempre resultan más temibles que el veredicto final del público.
Sin embargo, el miedo y la discrepancia asaltaron de lleno a Rifé al llegar al sorprendente giro final del relato, que no encaja con sus propias posiciones éticas. ¿Qué hacer en un caso así? Porque también da miedo alterar un final y entrar de lleno en el debate, tan actual, sobre cómo abordar las obras del pasado desde la mirada del presente.

Para ser fiel al original y, al mismo tiempo, marcar distancia y mostrar distintas perspectivas, Rifé opta por situar en escena dos acciones que avanzan en paralelo. Por un lado, el montaje sigue paso a paso el infierno en el que se adentra Irene, para quien la confesión de sus pecados, por liberadora que pueda ser, sigue siendo un obstáculo imposible de superar. Por otro, aparece el creador, cargado con el peso de sus propios miedos, que mantiene un animado diálogo —no exento de humor— con el productor del montaje, interpretado por Raül Perales.
Mientras tanto, Raúl Juan aporta sus propias notas a la partitura musical del espectáculo, y Àfrica Fanlo lo envuelve con unas ilustraciones que ayudan a hacer visible el desasosiego que devora a Irene y que ya ocupa todos los rincones de su existencia.

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