GREC 2022

Romeo Castellucci y el peligro del teatro

Juan Carlos Olivares

Romeo Castellucci y Societas Raffaello Sanzio llevan más de cuatro décadas colocando al espectador ante la posibilidad del peligro del teatro. Como Artaud, cree que el escenario no es el sitio para la indiferencia. Director de escena, escenógrafo e iluminador, concibe las artes escénicas -de las que también es un prolífico ensayista- como un arte total que sumerge al público en un rico universo de estímulos sensoriales, estéticos y metafóricos. La palabra, y por extensión la literatura dramática, participa como elemento más de un gran retablo escénico. Esta inmersión nunca es cómoda; cómo estar delante de un cuadro del Bosco y su estrecho corte entre la belleza y el horror.

Con aquellas credenciales artísticas -y un prestigio europeo ya consolidado- se presentó en 2009 en el Festival Grec con una trilogía inspirada en La divina comedia de Dante. Purgatori, la segunda parte, todavía se recuerda como una conmoción, de esos montajes que dejan huella, que podían hacer daño. Nunca la imaginación del público se había llevado hasta el mal absoluto de una forma tan exquisita. Vuelve en 2011 con Sobre el concepto de rostro en el hijo de Dios, una declaración de amor escatológica sobre la senectud. Luego se convirtió en invitado habitual de Temporada Alta. Desde 2014 ha presentado cuatro proyectos en Girona. El último, Bros, pudo verse en la edición del 2021 y ahora se recupera en el Grec.

Creado como un proyecto específico para ser representado frente a la comisaría central de la policía federal belga y la catedral de Bruselas, ha continuado desde entonces su periplo de éxito por varios festivales y teatros europeos. En cada plaza recluta a un grupo de intérpretes, preferentemente no profesionales y solo hombres, que vestidos de policías de una película muda de slapstick y equipados con auriculares inalámbricos están obligados por contrato a obedecer —sin ensayo previo— todas las órdenes que reciben. Órdenes individuales y específicas que crean acciones y cuadros colectivos. Un cuerpo de policía anónimo y silente que comparte el escenario con un pandemonio sonoro, un tótem totalitario y un profeta anciano. Un espectáculo que ofrece diversas lecturas: la primera es una reflexión sobre el comportamiento gregario, sobre todo de la debida obediencia, concepto cuestionado desde los juicios de Nuremberg, pero que sigue amparando la violencia que se ejerce desde el poder y sus instrumentos. Acciones ejecutadas sin reflexión previa, evidentemente tampoco moral. Pero también puede leerse como una metáfora de las paradojas de nuestra civilización y de la misma idea del teatro y el rol del actor.

El espectador es invitado a presenciar una serie de cuadros vivientes (algunos reproducidos de las mejores pinacotecas) que van creciendo en intensidad violenta hasta que la tortura, la sumisión y la brutalidad invaden el escenario, incluso lo desbordan y el espectáculo de la violencia se transforma en una ficción que imita a la amenaza directa hasta convertirse en una farsa. Y, de nuevo, el peligro se hace en teatro.

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