Nil Martín tiene casi 30 años y, hace 3 o 4, vivió la “crisis del cuarto de siglo”. Se sentía perdido y, un día, conectó esa sensación con el recuerdo de dibujar laberintos cuando era niño. Esta es la premisa de El dibuixant de laberints, una autoficción sobre perderse, encontrarse y el camino que conecta un inicio y, quizá, un final.

Este cruce de ideas es el motor dramatúrgico del montaje. El laberinto se convierte en una metáfora generacional: crecer implica elegir un camino entre miles de opciones, y eso genera la presión de acertar. “¿Y si perderse fuera también una forma válida de avanzar?”, reflexiona Martín. La obra no pretende ser moralista ni concluyente. “Parece que tengamos que encontrar un camino clarísimo o que el objetivo sea perderse, y pueden ser las dos cosas a la vez”, dice el autor. Salimos de un laberinto para entrar en otro, quizá más grande. El laberinto, al fin y al cabo, no deja de ser la vida.
El proceso de escritura ha sido, en sí mismo, un laberinto. Aunque había hecho cursos de dramaturgia, Martín nunca había terminado un texto. La Beca Odisseu Eòlia 2025, de la que es beneficiario, le ha servido de impulso y de obligación saludable: días de escritura torrencial y días estériles, intuición inicial y, después, el difícil trabajo de ordenar y reordenar un material que quería empezar en la infancia y desplegar personajes como quien prueba caminos. El resultado mantiene un punto laberíntico buscado, también en la estructura. “Si la gente no lo entiende todo en todo momento, no pasa nada; en parte es buscado”, comenta.
En escena le acompaña Carla Coll, con dirección de Júlia Valdivieso, con quien Martín ya había trabajado y con la que se siente muy cómodo. Además, ha contado con varios asesoramientos, como el dramatúrgico de Joan Yago o el vocal de Mariona Esplugues. Martín ha querido ceder la dirección para poder centrarse en lo que más le mueve: actuar. “Me lo he pasado muy bien escribiendo, pero lo que me gusta es estar en el escenario”. Confiar su propio texto a otra mirada le permite, también, tomar distancia y dejar que la obra respire más allá de la biografía.

Y todo ello, subraya Martín, desde la comedia. El dibuixant de laberints quiere hacernos pensar, sí, pero sobre todo quiere hacernos reír. Reírnos de nuestras inseguridades, de la presión por tenerlo todo claro y de la necesidad de buscar salidas definitivas. Quizá el teatro no resuelve los laberintos de la vida, pero puede convertir la sensación de estar perdido en un juego compartido. Y, aunque sea por un rato, eso ya es encontrar una grieta de luz.
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