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ÓPERA

‘La Gioconda’, la gran joia postverdiana

Del 16 de febrero al 2 de marzo llega al Gran Teatre del Liceu esta ópera cautivadora con giros inesperados

En el último tercio del siglo XIX, con un Giuseppe Verdi ya en plena madurez y a punto de anunciar su retirada como compositor operístico, surge la scapigliatura. Inicialmente, Verdi anunció que se retiraba en 1871, tras el éxito de la monumental Aida, aunque finalmente compondría todavía dos óperas más, además del Réquiem. La scapigliatura fue un movimiento encabezado por unos compositores que pretendían romper con la tradición romántica de raíz «manzoniana» (Alessandro Manzoni), reclamando la libertad, una vida desordenada y mostrando una cierta tendencia antiburguesa.

Giuseppe Verdi

De hecho, el propio Verdi fue objeto de crítica por parte de estos compositores, encabezados por la figura de Arrigo Boito. Con el tiempo, sin embargo, Boito colaboraría estrechamente con el compositor de La traviata hasta convertirse en el libretista de las dos últimas óperas verdianas, Otello y Falstaff. Además de Boito, otro miembro destacado de la scapigliatura fue Amilcare Ponchielli, compositor de La Gioconda.

Amilcare Ponchielli

El tercer miembro del grupo es Alfredo Catalani, cuya verdadera pertenencia a los scapigliati es objeto de debate. A causa de un estilo propio y de las fechas en las que estrena sus dos óperas más destacadas —Loreley (1890) y, sobre todo, La Wally (1892)—, no son pocos los que lo sitúan más bien en el incipiente movimiento verista. Este movimiento aparece precisamente en la última década del siglo, con Cavalleria rusticana, de Pietro Mascagni, considerada la primera ópera verista y estrenada en 1890.

Alfredo Catalani

Ponchielli, pese a ser miembro de los scapigliati, es musicalmente más conservador que Boito, como demuestra La Gioconda. Se trata de la única ópera suya que ha permanecido en el repertorio operístico universal, aunque escribió nueve más. El libreto, por cierto, fue elaborado por el propio Boito. La Gioconda es un trabajo melodramático que entronca con la tradición del Verdi más maduro, el de La forza del destino y Don Carlos, las dos óperas anteriores a Aida.

Ahora bien, Ponchielli aporta rasgos propios que lo acercan a los futuros veristas, como Mascagni, Ruggero Leoncavallo, Umberto Giordano, Francesco Cilea y, sobre todo, Giacomo Puccini. Entre las principales novedades destacan el aumento del volumen orquestal y un canto sin ornamentaciones (canto spianato), que exige a los solistas una fuerza vocal notable. Las voces deben ser spinto, es decir, «de empuje», para poder sobresalir sobre el potente sonido orquestal. En La Gioconda, Ponchielli también se acerca a la denominada grand opéra francesa, un tipo de melodrama con grandes escenas corales y una clara voluntad espectacular. En este sentido, la ópera incorpora un ballet en el tercer acto, la célebre Danza de las horas.

Un auténtico batiburrillo romántico

En cuanto al argumento, la historia es un auténtico batiburrillo romántico, con cruces amorosos, maldades y juegos de poder que articulan la trama. La acción se sitúa en Venecia. Allí encontramos a la Gioconda, una cantante ambulante enamorada del príncipe genovés Enzo Grimaldo, príncipe de Santafior. La Gioconda tiene una madre ciega, la Cieca, de quien se sospecha que es una bruja. Enzo, sin embargo, no corresponde ese amor, ya que está enamorado de Laura Adorno, esposa de Alvise Badoero, el gran inquisidor de la ciudad. Alvise tiene a su servicio a Barnaba, un espía que también está enamorado de la Gioconda. Cuando ella lo rechaza y Barnaba descubre la relación entre Enzo y Laura, comienza a maquinar para destruirlos. Al mismo tiempo, acusa a la madre de la Gioconda de brujería para chantajearla y aprovecharse de la joven cantante.

En La Gioconda encontramos claros influjos argumentales de obras anteriores como Romeu i Julieta, Il trovatore o Un ballo in maschera. A su vez, la ópera ejercerá una influencia posterior, especialmente sobre la Tosca de Puccini. En ambos casos, quien ostenta el poder ofrece la libertad de un ser querido a cambio de favores carnales, aunque con resultados muy distintos.

La Gioconda refleja la fuerte tradición romántica italiana, especialmente la herencia del Verdi más maduro, combinada con aspectos formales de carácter verista. La orquestación es exigente, pero ofrece melodías fácilmente reconocibles. Destacan arias tan célebres como Cielo e mar, una de las más conocidas del repertorio operístico, así como Ombre di mia prosapia, O monumento!, Stella del marinar, Voce di donna o d’angelo y la intensa aria final Suicidio!.

Este amplio abanico vocal permite el lucimiento de todas las cuerdas —tenor, soprano, mezzosoprano, contralto, barítono y bajo—, además de destacadas intervenciones corales. Entre ellas sobresalen Feste e pane! del primer acto, el ballet de la Danza de las horas y duetos como E un anatema!. En definitiva, La Gioconda es una ópera musicalmente espléndida, con momentos de una intensidad dramática inolvidable.

Un montaje estimulante

El montaje que presenta el Gran Teatre del Liceu es una coproducción con el Teatro San Carlo de Nápoles. Al frente de la orquesta se sitúa Daniel Oren, gran especialista en repertorio verdiano y postverdiano. La puesta en escena corre a cargo de Romain Gilbert, que ya había trabajado en el Liceu como ayudante de dirección de Claus Guth.

En cuanto al reparto, el montaje cuenta con Saioa Hernández y Violeta Urmana en los papeles de la Gioconda y la Cieca, respectivamente. El papel de Laura Adorno será interpretado por Ksenia Dudnikova y Varduhi Abrahamyan. En el reparto masculino, Michael Fabiano y Martin Muehle darán vida a Enzo Grimaldo, mientras que Gabriele Viviani y Àngel Òdena se alternarán en el papel de Barnaba. El rol de Alvise Badoero recae en John Relyea y Alexander Köpeczi.

Sin duda, La Gioconda es una ópera de enorme atractivo musical que, en este montaje, cuenta con unos intérpretes especialmente estimulantes.

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