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La Gaviota, entre el desencanto permanente y la esperanza de la juventud

7 mayo 2015
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El director ruso Boris Rotenstein dirige La Gavina en el Teatre Akademia, en un montaje que pone el énfasis en el arte y el amor. Lo hemos aprovechado para adentrarnos en una de las obras más emblemáticas de Chéjov a través de su montaje y revisitar su anteriores con Mercè Managuerra, Carme Elias, Hermann Bonnín y Enka Alonso.

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La Gaviota habla de crueldad, de amor, de éxitos y fracasos, de la lucha por hacerse un lugar en el mundo del arte, de abandonar muchas cosas (y familia) por el camino, de tapones generacionales, de no tener lo que se quiere… Seguramente de lo que nadie puede entregarse. Tampoco el texto. Y es que se dice que el estreno fue tanto desastrosa que, incluso, la actriz que interpretaba el papel de Nina se quedó sin voz intimidada por la reacción del público. Más de cien años después, sin embargo, sabemos que se ha convertido en una de las obras maestras del autor ruso. Es más, en los últimos años varias producciones le han llevado a los escenarios catalanes.

¿Qué tiene de actual un texto estrenado en 1896 en San Petersburgo? Mercè Managuerra, directora del Teatre Akademia y ahora el papel de Arkadina, destaca la crisis social del arte y el amor. «Tenemos artistas jóvenes que trabajan sin cobrar, compañías que dan impulso al teatro y arrinconan el arte oficial», dice convencida, «esta es la fuerza de la juventud que implica la esperanza, la inexperiencia que te permite tener suficiente fe para imaginar tela el mundo diferente a como lo vivos, ver posible una revolución dentro del mundo artístico «. Buscamos a tientas una nueva forma de vivir, sigue Managuerra, pero a pesar de las proclamas de Treplev, lo que se necesitan no son nuevas formas, sino «la libertad para entregarnos a la forma que sea mejor para cada uno en cada momento». Y es que La Gaviota habla de la ruptura generacional y de cómo se cierran las puertas a los que vienen detrás. Esto, que seguramente cada generación vive como especialmente grave en su momento, aquí se vive con el desencanto permanente de Chéjov. Hermann Bonnín, que dirigió la pieza en 1979 cuando estaba al frente del Institut del Teatre, explica que este es, precisamente, uno de los rasgos principales de las obras del autor ruso; «Siempre hay una sociedad burguesa ahora a las puertas del cambio que no se adapta, una generación desencantada que sobrevivió una etapa de decadencia, contrapuesta a una esperanza joven teñida de cierta melancolía».

Para Enka Alonso, que encarna el papel de Nina en el montaje de la Akademia, una de las claves para que el texto siga siendo contemporáneo es que Chejov, entre frase y frase, pone siempre un pensamiento. Es por ello, explica, que han hecho un proceso de investigación de hasta nueve meses (al principio con un ensayo semanal, después más intenso) para ver de donde salen estos pensamientos. «Es a partir del material para improvisar que sale tu línea de acción de pensamientos y palabras», asegura la actriz, que también cree que al final, «acabas poniendo los tuyos».

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Josep Maria Flotats, que dirigirla en 1997 justo antes de abandonar el TNC, explicaba en la presentación que, para él, «Chéjov habla de la dificultad de creación y las dificultades del creador con la sociedad en la que vive» y destacaba que los personajes «son mariposas que chocan contra el vidrio de la vida». El titulares, pero en destacaban el gran reparto: «Flotats dirigen ‘La gaviota’ en el Teatro Nacional con un reparto de purasangres» (La Vanguardia). Núria Espert era el arrugando Arkadina y Ariadna Gil la joven e ingenua Nina. Los dos papeles principales que más tarde han sido interpretados por actrices como Rosa Renom, Carme Elias, Marina Salas o Alba Sanmartí. Para Elias, que interpretó Nina bajo las órdenes de Bonnín y años después Akadina con la compañía del teatro Lope de Vega (2002), es una obra especial, porque le permitió ver el paso del tiempo en su carrera como actriz, pero sobre todo porque, asegura, son dos personajes de los que todas las actrices querrían hacer, de aquellos que marcan una trayectoria.

La actriz, que además de subir a escena en dos montajes, ha podido ver otras, destaca también la dimensión diferente que ha descubierto en cada función dependiendo del director y los actores. «Del montaje del Temporada Alta (2014) en recuerdo unos personajes tan agresivos que te helaba la risa». Era una revisión del lituano Oskaras Korsunovas que se centraba en cómo la ilusión puede cambiar la realidad. Quizás tal vez porque, a pesar de la dureza y el desencanto de la obra, los personajes tienen una vitalidad excepcional. O eso es lo que los veía Flotats, que en su montaje quería luchar contra «el pecado de muchos montajes de Chéjov» que lo presentan como un autor romántico, lento y algo blando.

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También optó por revisarla Daniel Veronese, que en 2013 presentó una versión en el Teatre Lliure con un reparto repleto de actores televisivos. O David Selvas, que en el Festival Grec de 2010 dirigió una versión del dramaturgo inglés Martin Crimp que, aseguraba, «lleva la obra en los años 40 y n’esporga las escenas, además de hacer contemporáneas las reacciones y extraer el esencia y la crueldad «. Para Selvas, el corazón y el motor de la obra es la familia. Una familia que, como todas, «tiene sus fobias, dinámicas y pasiones». Así, mientras antes Bonnín había optado por una escenografía de Iago Pericot que recordara los aires de Moscú y que permitiera destacar la poética del texto, Selvas optó por una escenografía completamente actual, con una casa de veraneo y audiovisuales. Su intención era que, con momentos musicales incluidos, el público se identificara con la familia y se olvidara que estaba viendo un Chéjov.

Rotenstein, en cambio, ha optado ahora por una escenografía casi desnuda y un montaje que tiene una forma mucho más simbólica que naturalista. Los vestidos, eso sí, son de época. Mercè Managuerra interpreta la decisión como una manera de poder ver «que lo lejano es cerca y que estos personajes se mueven y viven como nosotros». «Lo que aleja la obra por un lado, la acerca para otro», concluye.

Text: Mercè Rubià

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