Vània llega al Teatre Romea como una de las apuestas más arriesgadas de la temporada. Nelson Valente despoja el clásico de Chéjov de cualquier artificio para dejarlo todo en manos de un solo intérprete.
Es innegable que Joel Joan se lanza al vacío en un ejercicio de virtuosismo técnico y resistencia física. Interpretar a los ocho personajes de la obra durante noventa minutos es una gesta encomiable que demuestra la madurez y el compromiso del actor con el oficio. Joan sale airoso de la batalla, pero el precio a pagar por esta «proeza» recae, desgraciadamente, en la conexión con el espectador.
Aunque el despliegue es digno de elogio, la propuesta sufre ciertos problemas de definición:
• La pérdida de identidad: En ciertos pasajes, la línea que separa a los personajes se desdibuja excesivamente, haciendo que el público se pierda en el relato y acabe por desconectar de la trama.
• La dificultad del género: Mientras que los perfiles masculinos tienen más cuerpo, las figuras femeninas resultan poco orgánicas y difíciles de creer, restando veracidad al drama chejoviano.
• El ritmo: Pese a la intensidad del actor, la obra cae en momentos de una cierta densidad soporífera que hacen que la hora y media se sienta demasiado pesada.
En resumen, el Vània de Nelson Valente es una exhibición de músculo actoral donde Joel Joan se vacía en el escenario, pero el formato acaba devorando la emoción. Es una propuesta que debe verse por su valor como reto físico e interpretativo, aunque la falta de claridad en los personajes y un ritmo excesivamente pesado hagan que el espectáculo resulte, por momentos, tedioso y difícil de seguir.
