El nuevo texto de Bàrbara Mestanza nos enfrenta como espectadores a la realidad compleja que hay detrás de una historia de abuso: sus contradicciones, el relato público que se genera, las opiniones y sobre todo las consecuencias que genera en todas las personas implicadas, no solo en las víctimas. Y lo hace con una pieza que navega su complejidad con un ritmo vertiginoso en el que tiene cabida el humor.
Una obra valiente que se atreve a mirar el conflicto desde múltiples puntos de vista, sin jerarquizar de forma sencilla quién tiene la razón o quién ocupa el lugar moralmente más cómodo. Esa decisión es arriesgada y profundamente interesante, pero también exige mucho al público. La historia avanza por capas, saltos y tensiones que a veces hacen difícil seguir la historia o las inquietudes o necesidades de los diferentes personajes. Y, sin embargo, esa sensación de desajuste forma parte del propio discurso: hablar de abuso desde todos los ángulos posibles es complejísimo y quizás algo caótico.
Por otro lado, la escenografía y el vestuario son una acierto, ayudan a construir un universo visual potente, simbólico y casi ritual, que sostiene la densidad del texto y amplifica su impacto emocional.
Una propuesta que, entre toques de humor, invita a pensar, a incomodarse y a asumir que hay historias que no se pueden contar sin dejar grietas. Y esa dificultad te la llevas a casa, y se queda en tus conversaciones unos cuantos días. Para eso está el teatro, ¿no?
