Smiley, després de l'amor: Cuando la leyenda se agota

Smiley, després de l’amor
27/07/2021

Una leyenda japonesa afirma que cuando dos personas están destinadas a estar juntas, un hilo rojo invisible atado al dedo meñique de la mano los une desde el día que nacen. El hilo no se puede romper nunca, y tiene el poder de unir estas dos personas para siempre, a pesar de la distancia y las aparentes diferencias. Siguiendo esta idea, y con el cambio que los años produce en dos vidas tan diversas y alejadas, Alex y Bruno reviven en Smiley, després de l’amor la experiencia sentimental nacida en Smiley, una història d’amor, la comedia romántica de Guillem Clua estrenada en la Sala Flyhard el 29 de noviembre de 2012. Después de dar el salto al Teatro Lliure, al Club Capitol, hacer temporada en Madrid y generar varias producciones internacionales, el dramaturgo y director nos regala una nueva dosis de la relación entre los dos personajes, más maduros, cargados con una mochila de desengaños, aspiraciones y frustraciones enterradas.

La estructura mantiene aquella agilidad que se esperaba de un trío artístico consolidado, que parece haber generado un modelo propio en el que cada rol sabe estar a la altura y suma en colectivo. El ritmo es trepidante, divertido, bien dosificado de principio a fin. Las referencias a la actualidad (tan horrible) aportan un aire ligero, de comedia de barrio. Y cuando debe de haber trascendencia, romanticismo, ira o tensión, se logra gracias a la magnífica interpretación de Ramon Pujol, fresco y dinámico, pura energía, y de Albert Triola, un/a auténtico/a drama queen, un artista de pies a cabeza. Ambos proporcionan una experiencia fantástica, porque llenan el escenario sin esfuerzo con un dominio de la expresividad destacable.

Quizás el protagonismo de la idea del matrimonio, en una pieza que rompe modelos y deshace la idea de la ortodoxia de las relaciones, chirría un poco. La hace quizás excesivamente costumbrista y la aleja del valor primigenio de la adicción al amor. Pero no molesta, es una idea que ya nació en Formentera, dirían los protagonistas, y va más allá. De acuerdo. No he dicho nada. La obra hace pensar, te evade, te transporta. Y todos y todas podemos encontrar, en algún momento, una frase para hacerla nuestra, un pequeño relato de nuestra vida.

Cuando los «para siempre» y el poder del destino es un lastre más que una ilusión; cuando la lucha primera es el autoconocimiento, aclarar qué necesitas para sobrevivir, como quieres vivir y qué no quieres nunca más revivir, más que la búsqueda de otra persona que te complete, que te defina, que te aporte el sentido que tú mismo no sabes dar a tu existencia; cuando la leyenda se agota … queda el teatro. Porque está claro que lo que nace en la Flyhard lleva la marca de un destino de éxito, y un hilo (no sé de qué color) ligado al dedo (no me hagan decir cuál) del público amante del gran teatro, en pequeño formato, y ya no se deshace jamás de los jamases.

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