Publio Elio Adriano fue uno de los grandes emperadores del Imperio Romano: el tercero de los “Cinco emperadores buenos” y el segundo de los nacidos en la Hispania Bética. Su esfuerzo para reformar el aparato burocrático del imperio, así como su amor por la filosofía, las artes y la cultura en general, hicieron de él un personaje muy especial. Pero seguramente su fama perdura hoy en día entre nosotros gracias al magnífico libro que Marguerite Yourcenar publicó a principios de los años cincuenta. Un éxito de ventas inmediato que colocó la figura de César en un lugar preeminente de la historia.
Su adaptación al teatro en forma de monólogo es un trabajo meticuloso y sensible, a pesar de ser realmente osado y complejo. Brenda Escobedo ha conseguido resumir las más de 300 páginas del libro gracias a elegir los hechos más relevantes, pero también los pensamientos más interesantes y penetrantes que Yourcenar fue diseminando por la novela de forma muy inteligente. En definitiva, una pieza quizás no del todo redonda pero bastante acertada y sobre todo muy respetuosa.
La dirección de Beatriz Jaén consigue que no nos olvidemos del carácter político e influyente de Adriano, a pesar de que sustituye las togas por americanas y las tribunas por entrevistas televisivas. La escenografía es simple, moderna y eficaz, pero podríamos decir que los momentos más bellos vienen de la aparición de Antínoo, o mejor dicho de las escenas que nos brinda el joven bailarín Álvar Nahuel. Y es que Antínoo fue el amante de Adriano, y también durante mucho tiempo un símbolo muy claro del movimiento LGTBI.
Y dejo para el final al gran protagonista, que no es otro que un espléndido Lluís Homar en el papel del emperador. Su interpretación, como siempre matizada y elegante, nos aporta una visión humanista y acertada del personaje. Su Adriano es una pequeña joya, y sería una lástima que no lo pudierais comprobar.
